Crítica
Público recomendado: +7
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Tiempo de victoria, segundo largometraje de Anthony Maras, trata sobre la labor que realizó James Stagg como metereólogo jefe al servicio de las fuerzas aliadas lideradas por Eisenhower en el marco de la preparación del desembarco de Normandía.
Es una película notable, bien narrada, con un buen reparto, una puesta en escena loable y una ambientación creíble.
Las claves de la trama tienen que ver con las dificultades que atraviesa el protagonista en tres ámbitos (el profesional, el interpersonal y el familiar) que se relacionan entre sí con equilibrio y precisión gracias a un guion muy bien planteado.
Con respecto al ámbito profesional, la película refleja bien la problemática relativa al carácter epistemológico y sociológico que se le concede o se le debe conceder a una ciencia que no es exacta, pero que es necesaria.
Como dice Stagg (un magnífico Andrew Scott) en un determinado momento: los metereólogos podemos ser aburridos, pero el clima no lo es. Por él vivimos y morimos.
La metereología, que parece cotidianamente relegada a las conversaciones de ascensor o las preocupaciones superficiales sobre qué atuendo ponerse o no, adquiere un lugar esencial en situaciones de emergencia como guerras, catástrofes o desastres naturales. Y, por cierto, parece que el presente es la cronificación de todo ello.
En este caso, podemos decir -y de hecho lo dice uno de los protagonistas de la historia en la cita que podemos leer al final de la película- sin temor a ser grandilocuentes que del juicio metereológico que dio Stagg no sólo dependió la vida y la (posible) muerte de cientos de miles de personas, sino la identidad de toda una civilización y la historia de toda la humanidad.
Con respecto al ámbito interpersonal, la película aborda con finura las diferencias que hubo entre Stagg y su colega Kirk y las dificultades tuvo nuestro protagonista en su trato con Eisenhower.
Por último, con respecto al contexto familiar, se presenta también con habilidad la dificultad añadida para Stagg de tener que lidiar con toda la presión que ya hemos mencionado a la vez que se produce un acontecimiento sumamente complicado que afecta a su mujer.
Ya sabemos el final de la historia, pero la preguntas más importantes que (me) suscita la película es: ¿por qué luchan los países más poderosos hoy?, ¿cuál es la principal amenaza a la que nos enfrentamos?, ¿qué nos ha pasado en la segunda mitad del siglo XX y en las primeras décadas del XXI para que sea implanteable la posibilidad de que un conflicto armado reciba -como recibió por parte de Eisenhower- el nombre de “cruzada” y se inicie con una oración?
Las respuestas pueden ser más o menos profundas, pero lo que está claro es que todas las que se puedan dar y pretendan ser pertinentes tienen que acudir a la forma que empezaron a adquirir las sociedades justo después de la victoria que posibilitó la operación Overlord.
Alejandro Matesanz