Crítica
Público recomendado: +12
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Cuesta mucho sorprender y emocionar en el terreno de la ciencia ficción espacial con películas tan redondas y relativamente recientes como Interstellar (Christopher Nolan, 2014) o Marte (The Martian) (Ridley Scott, 2015), y aun así el gran mérito de Proyecto Salvación es sentirse fresca, dinámica y emocionante con una trama bastante trillada pero muy bien llevada.
El profesor de ciencias Ryland Grace (Ryan Gosling) se despierta en una nave espacial a años luz de casa sin recordar quién es ni cómo ha llegado hasta allí. A medida que recupera la memoria, empieza a descubrir su misión: resolver el enigma de la misteriosa sustancia que provoca la extinción del Sol. Deberá recurrir a sus conocimientos científicos y a sus ideas poco ortodoxas para salvar todo lo que hay en la Tierra de la extinción… pero una amistad inesperada significa que quizá no tenga que hacerlo solo.
Lo primero que hay que hacer es criticar muy duramente a los que han hecho los tráileres en Sony Pictures porque no han podido escoger escenas que destripen más, no es de recibo desvelar tanto, así de claro.
Lo segundo, ya entrando en lo importante, es que aquí no vamos a desvelar nada que no se deba saber y solo contaremos lo esencial. Proyecto Salvación llega de manos muy inteligentes: los directores, Phil Lord y Christopher Miller, son los responsables de los guiones y la dirección de la divertidísima La Lego película (2014) o Spider-Man: Un nuevo universo y Spider-Man: Cruzando el multiverso. Vamos, que saben hacer cosas buenas. El guion, por su parte, lo firma Drew Goddard adaptando una novela de Andy Weir. Curiosamente Goddard ya adaptó fabulosamente bien otra novela del mismo autor, Marte (The Martian), que en el cine la protagonizó Matt Damon. Así que estamos en buenas manos, y se nota en el resultado final. Hay gran influencia de las películas antes citadas además de Sunshine (Danny Boyle, 2007) por la temática, pero aquí no tenemos ni la epicidad aplastante de Nolan ni la seriedad trágica que dio Danny Boyle. Tampoco se hacen bola con los conceptos físicos ya que están bastante bien explicados y se repiten las suficientes veces como para entenderlos.
Nos esperan 2 horas y 36 minutos que nunca se hacen pesadas gracias a un magnífico ritmo y una excelente mezcla de sentido del humor, drama y ciencia ficción con un Ryan Gosling fantástico que vuelve a demostrar que lo del espacio se le da de lujo, recordemos que protagonizó la notabilísima First Man (El primer hombre) (Damien Chazelle, 2018). Gosling da rienda suelta a su vena cómica y usa muchos registros para sostener su metraje, que es enorme, y lo hace sin problemas.
Por el camino hay mensajes muy buenos sobre el trabajo en equipo aunque tu compañero sea un alienígena con el que parece imposible entenderse y no digamos comunicarse, pero donde hay esfuerzo y persistencia hay resultados. También hay gran inteligencia en narrarnos poco a poco cómo llega su personaje a la nave, nos ayuda a irle conociendo y ver su interesantísima evolución. Se habla muy acertadamente del heroísmo, de la entrega y del sacrificio, incluso con una hermosa mirada a la fe cristiana: “¿Crees en Dios?”, “es lo mejor”, o el mismo nombre del protagonista: Grace, “gracia” en inglés. Y qué decir del título original de la película, a la sazón, el nombre de la nave: Hail Mary, Ave María.
No es plan de desvelar las secuencias mejor logradas porque hay muchas y se deben ver en el cine, pero el trabajo del equipo de efectos especiales es sobresaliente y abrumador, todo ello acompañado de una genial banda sonora tanto en las composiciones para el metraje como en las canciones elegidas de artistas como los Beatles y hasta ahí podemos contar.
Phil Lord y Christopher Miller se han lucido con una película muy lograda que nunca pierde el interés aunque es verdad que es larga, pero merece la pena porque el conjunto funciona a la perfección y además tiene unos preciosos títulos de crédito acompañados por fotografías del universo que tienen toda la pinta de ser reales, seguramente capturadas por la NASA. Imágenes que nos hacen ver, una vez más, como se decía en la fantástica Contact (Robert Zemeckis, 1997), “lo pequeños e insignificantes que somos, y al mismo tiempo lo raros y valiosos que somos. Una visión que nos dice que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos, que no estamos solos, que ninguno de nosotros lo está”, y la inimaginable belleza con la que Dios ha impregnado a toda su obra.
Miguel Soria