Crítica
Edad recomendada: +12 años.
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El cine independiente estadounidense atraviesa un momento de notable vitalidad en lo que respecta a su capacidad para retratar las heridas colectivas del país. Los incendios forestales, convertidos ya en una catástrofe recurrente y casi endémica en el oeste americano, han empezado a ocupar un lugar propio en el imaginario cinematográfico reciente: Sueños de trenes, la magnífica adaptación de la novela de Denis Johnson dirigida por Clint Bentley, abordaba el fuego como fuerza destructora de un mundo en construcción, y Nomadland retrataba a quienes, despojados de todo, recorrían las carreteras del país buscando algo que se pareciese a un hogar. Ahora, Max Walker-Silverman ofrece con Rebuilding su propia variación sobre ese territorio temático: la historia de quienes, tras perderlo todo, deben decidir si reconstruir significa volver a lo que fueron o aceptar que ya son otros.
Walker-Silverman debutó en 2022 con A Love Song, una delicada película protagonizada por Dale Dickey y Wes Studi que narraba el reencuentro de dos amigos de la infancia, ambos viudos, junto a un lago en las montañas. Aquella ópera prima ya anticipaba las constantes de su cine: el paisaje como espacio emocional, los silencios como forma de diálogo, la sencillez como declaración de principios. Con Rebuilding, presentada en el Festival de Sundance de 2025, el director confirma esas señas de identidad y las amplía con una ambición narrativa mayor, aunque sin renunciar a la contención que le define.
La película sigue a Dusty Fraser (Josh O’Connor), un vaquero divorciado cuyo rancho en Colorado ha sido arrasado por un incendio forestal. Sin hogar, se traslada a un campamento de caravanas gestionado por la FEMA junto a otros damnificados. Allí, en ese espacio provisional y de tránsito, Dusty intenta recomponer los lazos rotos con su exmujer Ruby (Meghann Fahy) y con su hija Callie-Rose (la adorable Lily LaTorre), mientras descubre en sus nuevos vecinos una red de solidaridad inesperada.
La comparación con Nomadland es inevitable y, en buena medida, justa. Ambas películas comparten un interés genuino por los que viven al margen, por los espacios provisionales —caravanas, remolques, campamentos— que se convierten en hogares a fuerza de necesidad, y por una América rural que rara vez aparece en las pantallas con esta delicadeza. Pero donde Chloé Zhao optaba por una mirada documental y nómada, Walker-Silverman elige la quietud: su cámara se detiene, observa, deja que los personajes habiten el plano sin prisa. Hay quien ha señalado que la película resulta excesivamente lenta, que nada ocurre, que carece de garra dramática. No les falta cierta razón en lo descriptivo, aunque yerran en el diagnóstico: lo que Rebuilding propone no es una trama que avance por giros argumentales, sino un duelo que se transita pausadamente, donde la verdadera reconstrucción es interior y emocional.
Algo similar sucedía en Sueños de trenes, donde Bentley tampoco necesitaba de grandes aspavientos narrativos para construir una reflexión conmovedora sobre la pérdida y el paso del tiempo. Las dos películas comparten, además, una misma geografía emocional: la inmensidad del oeste americano como escenario de vidas pequeñas que, precisamente por su modestia, adquieren una dimensión casi mítica. Si Edgerton encarnaba en aquella película a un hombre forjado por la tierra y por la ausencia, O’Connor ofrece aquí una interpretación cortada por un patrón similar: la del hombre que calla porque no sabe cómo decir lo que siente, y cuyo cuerpo —la postura derrumbada, las manos torpes, la mirada esquiva— habla por él.
Josh O’Connor, a quien últimamente se ve en todas partes —y con razón—, despliega aquí un registro deliberadamente menor, apoyado en la contención absoluta y en el lenguaje corporal. Su Dusty es áspero, incómodo, poco complaciente, pero auténtico. La relación con su hija, construida a base de pequeños gestos cotidianos —una cabalgada a lomos de una yegua, un silencio compartido frente al paisaje calcinado—, resulta conmovedora sin necesidad de subrayados. Meghann Fahy aporta solidez como Ruby, aunque su personaje queda algo desdibujado en favor del retrato del protagonista.
La fotografía apuesta por un naturalismo austero que ni dramatiza ni embellece en exceso la devastación: los paisajes quemados se muestran con una honestidad que rehúye el esteticismo fácil, y la música aparece de forma discreta, reforzando el tono introspectivo sin imponerse. Walker-Silverman dirige con un realismo sobrio, cercano al documental, observando a los personajes sin forzar emociones. El incendio nunca se muestra como espectáculo, sino como una ausencia constante que pesa en cada escena.
Rebuilding no es una película perfecta. Su primer tercio puede resultar excesivamente lento para quien busque impulso dramático, y su desarrollo desigual genera en ocasiones una distancia que cuesta salvar. El desenlace, además, se intuye desde bastante antes de que llegue. Pero hay algo en la honestidad de la propuesta, en su voluntad de contar una historia pequeña con la seriedad y el cariño que merece, que la convierte en una experiencia valiosa. Es una película que cree en la solidaridad entre los más desfavorecidos, en el calor humano como único remedio frente a la catástrofe, y en que siempre hay un brote verde después del fuego. En los tiempos que corren, eso es algo que merece celebrarse.