Reina madre

Crítica

Público recomendado: +16

La directora Manele Labidi, tunecina de origen, pero nacida y criada en Francia, conoce bien las dos culturas y sabe describir las chispas del roce entre ambas. En 2019, con su ópera prima, Un diván en Túnez, nos ofreció una comedia satírica muy bien elaborada, en la que describía la sociedad tunecina.

En esta ocasión, con la película Reina Madre, aborda los temas de inmigración e identidad desde un ángulo lúdico. La acción se traslada a Francia, a principios de los 90, donde seguimos a una pareja de inmigrantes, Amel, tunecina y Amor, argelino, que lidia con dificultades económicas para salir adelante con sus dos hijas. 

Ambos han dejado sus países de origen para instalarse en Francia y formar una familia. Se aman pero discuten constantemente, porque Amor es amable y pacífico, mientras que Amel tiene temperamento, ambición para sus dos hijas, y una excesiva autoestima. A pesar de las dificultades económicas y de estar en un piso sin condiciones, Amel no tiene intención de abandonar el barrio acomodado donde viven. Hasta que la familia se ve amenazada con perder su habitáculo, mientras que Mouna, la mayor de las dos hijas, tiene un extraño encuentro con Carlos Martel, un caudillo franco que en el año 732 derrotó a las fuerzas árabes en la Batalla de Poitiers. Al principio la chica está aterrada, pero finalmente el bueno de Carlos Martel se convierte para ella en una especie de amigo imaginario.

Como ya hiciera en Un diván en Túnez, la cineasta examina con humor la convivencia de culturas occidentales y migratorias. Aquí, la cuestión es la historia de Francia abordada desde la perspectiva francesa y cómo contrasta con la forma en que el pueblo musulmán, que fue vencido en Poitiers por Carlos Martel, interpreta este acontecimiento histórico. En paralelo, la protagonista reinventa la historia de su propia familia haciendo de sus padres, campesinos, una especie de burguesía moderna que se negó a ser reducida al estatus de pueblo dominado; y ahora ella, se niega a desempeñar en Francia oficios que considera demasiado humildes para “su rango”.

Manele Labidi tiene un verdadero talento para la escritura, pero en este caso se le puede reprochar un cierto exceso en la caricatura social, en los personajes, que resultan exageradamente abigarrados, y en una puesta en escena demasiado enfatizada. Pero el reparto es impecable, capaz de compensar todos los excesos. Camélia Jordana está espectacular y Sofiane Zermani, como el sufrido marido, está a su vez, muy bien. También Damien Bonnard hace un Carlos Martel muy divertido.

Esta mezcla entre elementos ostensiblemente abarrocados, un trabajo actoral excelente y un humor inteligente que impregna toda la historia, es lo que finalmente da a la película un encanto agridulce. No es una gran película, pero en conjunto resulta agradable y divertida.

Mariángeles Almacellas

https://www.youtube.com/watch?v=XsvpUFDVIqY

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