Scarlet

Crítica

Público recomendado: +16

Estamos ante una interesante y simbólica película de animación japonesa. Interesante porque, por un lado, plantea una lucha interior entre la venganza y el perdón; y simbólica porque se nos presenta un espacio entre la muerte y el más allá, una especie de “purgatorio” en donde o entras en el Reino Infinito o te desvanece. No es un lugar. Es un estado. Todo ello encarnado en la historia de una princesa medieval que busca venganza por la muerte de su padre. La producción, algo violenta o dura en ocasiones, es del Studio Chizu, creadores de Belle (2021) o Mirai (2018), nominada al Óscar a mejor película de animación en 2019.

Desde un punto de vista narrativo, hay dos aspectos relevantes: el camino que recorre la protagonista, entendido como un viaje interior; y la presencia de personajes algo maniqueos que, aunque no estorban en exceso, debilitan por momentos la unidad de la obra. El tío y la madre aparecen construidos con un trazo demasiado grueso; se echa de menos algún matiz que los aleje de cierta rigidez. Esta complejidad sí aflora en la figura central, que se enfrenta a un dilema vital en el que se juega su identidad. Es hermosa la relación entre identidad personal y destino del mundo, como si cada acción individual tuviera una resonancia mayor de lo que imaginamos. Como si escribir una crítica, leerla o el trabajo sencillo de cada cual pudiera cambiar realmente las cosas.

El tratamiento de la trascendencia abre una de las capas más sugerentes de la película. Aunque no hay un planteamiento cristiano explícito, sí aparece la intuición de un espacio intermedio. En Scarlet (2025), ese tránsito no funciona como un lugar físico, sino como una imagen del estado interior de quien no logra soltar el dolor. El tiempo, además, deja de ser lineal: ya no es solo Chronos, sino algo que se dilata y se mezcla, como si distintas dimensiones convivieran en un mismo instante.

Más que un purgatorio en sentido estricto, lo que la obra propone es una suspensión emocional: un territorio donde el odio, la pérdida y la herida no resuelta impiden avanzar. En la tradición japonesa —entre el budismo y el sintoísmo— los espíritus quedan atrapados cuando algo en ellos no ha encontrado reposo, y es ahí donde la película encuentra una verdad profundamente universal. Porque, en el fondo, no habla de la muerte, sino de la dificultad de vivir cuando uno se aferra a aquello que le rompe por dentro. Ese instante en el que, aun teniendo razones para odiar, queda abierta —aunque sea frágil— la posibilidad de elegir no hacerlo.

La pregunta permanece: cuando el dolor nos alcanza, ¿es lo único que hay o existe algo más al fondo? Late en la historia el deseo de “ser”, la intuición de que el mal no tiene la última palabra.

En definitiva, una animación japonesa de notable calidad, que no busca competir con el virtuosismo técnico de Pixar Animation Studios, sino explorar una historia de perdón desde la interioridad. Una obra más orientada a adultos que a niños, no tanto por la violencia de algunas escenas como por la densidad de su trasfondo. Visualmente hermosa, pero no vacía: habitada por una idea.

Y quizá por eso, la verdadera batalla no está en la espada que empuña la protagonista, sino en aquello que todavía no ha aprendido a soltar.

Carlos Aguilera Albesa

https://www.youtube.com/watch?v=C9BqAl26HqY

 

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