Crítica
Público recomendado: +16
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Desde siempre nos hemos preguntado si la vida está ya escrita (predestinada) o si existe espacio para un libre albedrío. ¿Por qué unas personas nacen en familias adineradas y otras nacen en países con una miseria tan dura que la esperanza de vida es tan pequeña? Existen preguntas profundas que cuestionan la realidad y, que, de fondo, pueden expresar un resentimiento con Dios. Pues bien, en esta película se nos cuenta la historia de cómo un niño de unos dos o tres años (Sujo), naciendo en un pueblo de México donde la violencia y la corrupción marcan siempre la vida de sus jóvenes, tendrá una oportunidad única para cambiar su destino. ¿La sabrá aprovechar?
Nos llega una poderosa e interesante propuesta desde México, dirigida y escrita por dos mujeres que son un claro ejemplo del rumbo actual del cine, no solo de su país, sino del mundo entero. La historia de Sujo está contada visualmente desde el punto de vista del niño, un pequeño indefenso que se va escondiendo de una amenaza constante. Un punto de vista en donde la inocencia de un niño “primerea” la forma de concebir la historia; decisión que recuerda a la directora española Carla Simón (Alcarrás, 2022; Verano 1993, 2017). Por otro lado, hay ciertos planos fijos llenos de tanta poesía visual, que parecen cuadros de pintura realista con una luz hermosa que los atraviesa con esperanza.
La estructura de la película está claramente definida en dos partes: una primera más oscura y una segunda más luminosa. Todo pivota en torno a las preguntas y curiosidad de Sujo (¿Dónde está mi papá?, Yo quiero ir a la Escuela) y a cómo los adultos son capaces de educarle en libertad; es decir, mostrarle la realidad con una positividad que él debe afirmar y recorrer. Porque “el Yo”, y ya les digo algo esencial, no se arregla solo.
A pesar de las dificultades que la vida te pone delante, la libertad humana debe ser puesta en juego. En este punto, vale la pena destacar la presencia femenina de la película, que ayudan a Sujo a ver la vida con una mirada más amplia y generosa. Por una parte, sus dos tías, una de ellas algo misteriosa, que simboliza la superstición y espiritualidad de estos pueblos y su cultura (interesante cómo los sueños son canal para lo espiritual); y, por otro lado, la profesora que le ayuda, con la que comenzará una relación fundamental para confrontar lo que está viviendo. Hermoso cómo Sujo asiste como oyente a las clases de Literatura, y descubre un mundo nuevo que le alegra el corazón; como el sediento que encuentra un oasis en pleno desierto.
Vale la pena hacer una pequeña advertencia a los espectadores: hoy en día que apenas aguantamos 20 minutos, la primera parte podría espantarles, pero yo les invito a esperar. De hecho, la espera de Sujo (por encontrar algo distinto, por comprender el legado de su padre o por querer estudiar) es fundamental en todo. La segunda parte amplía la mirada de la historia y la convierte en un grito universal sobre la realidad de millones de personas que migran o se convierten en refugiados. Otra advertencia: en una curiosidad de Sujo sin límites, descubre también su sexualidad; impresiona cómo las directoras ruedan sin miedo, tanto una masturbación como su primer beso. Todo envuelto en un riesgo de violencia constante. Al igual que el amor y la intimidad afloran, la libertad de Sujo podrá adherirse (o no) a un nuevo camino que se le pone delante. Aquí evoca a películas como Descubriendo a Forrester (2000) o Un viaje de diez metros (2014), por citar algunas referencias más comerciales.
En definitiva, una película dura, pero hermosa, llena de tensión que sabe aterrizar con ternura y realismo en la historia de un niño, que simboliza la de millones de personas. Desde un punto de vista antropológico el viaje interior que hace Sujo tiene un gran poder pedagógico, que bien podría utilizarse en cine fórums o en clases de análisis fílmico. Eso sí, la violencia explícita en alguna secuencia, y el contexto tan duro y adulto que rodea la historia (drogas, torturas, peleas) impide el visionado a menores de edad.
Por cierto, el nombre de Sujo, que se explica justo al final de la película, contiene un poderoso mensaje final. Y es que incluso un sicario corrupto, a pesar de sus actos malvados y continuados, siempre anhela, aunque sea un atisbo último de belleza que le corresponda: como la belleza de un bebé recién nacido o la de un caballo que, a pesar de su rebeldía, tiene una mirada humana, que parece pedir un abrazo real.
Carlos Aguilera Albesa