Tardes de soledad

Crítica

Público recomendado: +16

Los bufones han desempeñado un relevante papel en todos los tiempos y en todas las culturas. Las formas y los roles han cambiado, pero tales personajes siguen, por supuesto, presentes en nuestros días, bajo máscaras distintas e inevitablemente mediáticas. A los bufones se les concede aquello que los alemanes llaman Narrenfreiheit, la libertad de hacer y decir, básicamente, lo que les venga en gana. Se lo perdona el público al que se deben, porque de algún modo le compensa el placer que ellos le producen. No es raro que los bufones sean personas extremadamente talentosas; hace falta una inusitada pericia —a menudo acompañada de grandes dosis de irresponsabilidad— para romper las reglas del juego y quedarse voluntariamente al margen del contrato social.

El precio a pagar por estos individuos es evidente: la soledad acaba por acompañarlos de modo irremediable, tintada por los amargos colores del ridículo. Si quieren una imagen de bufón brillante, recuperen aquella secuencia de la inconmensurable Amadeus (Milos Forman, 1984) en la que Mozart trata de ridiculizar a Salieri y acaba por hacer mofa de sí mismo.

Otra alternativa sería coleccionar los titulares de Albert Serra a propósito de Tardes de soledad; frases como: “Ninguna película de la cartelera ofrece una experiencia tan completa como la mía”, “No conozco a nadie en el mundo del cine que le importe menos el éxito que a mí” o “La muerte de un toro me parece poética”. Podría seguir la lista de despropósitos y provocaciones, tirando de hemeroteca, que hacen percibir a Albert Serra, el personaje mediático, como un bufón irrisorio, como un provocador de la talla y especie de su paisano Salvador Dalí.

Muy por encima de esta caricatura de sí mismo está el cineasta Albert Serra; uno de los pocos en el mundo del séptimo arte que sabe lo que hace y hace lo que quiere. En ocasiones, es verdad, el realizador gerundense entrega bodrios carentes de cualquier estima, con los que —es de suponer— aspira a burlarse del mundo; recuérdese, a modo de ejemplo, aquel despropósito bajo el título de Liberté (2019), que, sin embargo, exponía la arteria temática central de su cine: la igualdad de todos los ciudadanos ante la muerte, y el absurdo de la pompa hipócrita que supone el asumir que las cosas son de otra manera.

Parece, por tanto, coherente con el fondo metálico de su filmografía, que Serra se haya aventurado a filmar aquella liturgia arcana que solo puede habitar en una cultura acostumbrada a mirar a la muerte a los ojos: la tauromaquia. Quizás, más allá de consideraciones animalistas, se hayan vuelto tan incómodos los toros porque exponen a la sociedad el último tabú de nuestros días, la muerte. Pero eso sería entrar en consideraciones morales, o moralistas, que, si bien blandidas a derechas e izquierdas por no pocos a propósito del film, esta crítica aspira a evitar. También las esquiva el documental de Serra, a quien en su nihilismo ya demostrado no interesan las camisas de once varas ni las disquisiciones éticas. El catalán solo quiere levantar acta de lo que es el toreo, hacer un inmaculado acuse de recibo de una expresión cultural posiblemente en vías de extinción. Y lo consigue.

El mérito de Tardes de soledad es que nunca, en ciento treinta años de arte cinematográfico, había asumido nadie el reto de filmar el ritual de la tauromaquia del único modo que puede ser registrado, es decir, a través de la repetición y la fisicidad; con imágenes a menudo rayanas en la abstracción que expresan aquello que las palabras difícilmente puedan definir, y con una impecable edición de sonido que sumerge al espectador en el ruedo a través de los gritos del respetable, de las reverentes impudicias de los monosabios, de la respiración hiperventilada del torero y de los jadeos del animal agónico, cuya contemplación se expone con obscena ostentación, en toda su atávica brutalidad.

No obstante, ni la exhibición inmoderada de la sangre, el sudor y las lágrimas, ni la recurrencia del degüello del animal, ni la estampa del torero embestido a un milímetro de la tragedia resultan lo más transgresor de la cinta. Mucho más provocadores se antojan los larguísimos planos de la furgoneta, contenedores de todo el fanatismo de la religión laica a la que pertenece el ritual descrito, o aquellos otros en la habitación de hotel, que hacen parecer un ejercicio de travestismo el revestimiento del torero para su liturgia. Por no hablar de la presencia de elementos de la religiosidad popular, desde los rosarios a modo de collar hasta ciertos irreverentes encuadres de la Virgen Macarena, pasando por los santiguamientos del diestro, que no dejan de desprender un hálito supersticioso.

Pero en esto, como en todo, Serra expone las imágenes a la percepción del respetable, y hace aparecer las cosas de modo que lo que a uno la parecerá sagrado a otro se le antojará blasfemo, en la calculadísima ambigüedad sobre la que hábilmente gravita todo el metraje.

Nadie, por tanto, lo había hecho antes, ni nadie volverá a hacerlo después: más allá del gusto o la repugnancia, de la defensa o la denuncia, Serra construye el documento definitivo sobre la tauromaquia; nada queda ya que decir, el film agota la temática abordada. Las raras veces en las que esto sucede, estamos ante películas históricas, de esas que acaban engrosando los libros de cine.

Tardes de soledad es una de ellas; es de sospechar que es esta condición trascendente la que le valió a Serra la Concha de Oro en la pasada Zinemaldia, más allá de la propensión evidente de algunos miembros del jurado (léase, por ejemplo, el austríaco Ulrich Seidl) y pese a la polémica y las tibias manifestaciones animalistas frente al Kursaal; ello mismo justifica, pese a los errores de la cinta y a las necedades a las que nos ha acostumbrado la versión bufonesca de su director, las cinco estrellas que introducen este texto. El tiempo, ese implacable y justo juez, dirá si nos hemos equivocado.

Rubén de la Prida

https://youtu.be/MH3DHcAHy54?si=eHJszb1TOUaAYs2R

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