Crítica
Público recomendado: +16
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Decía el maestro Carlos F. Heredero a los críticos incipientes que, aunque sería lo ideal, muy a menudo, es imposible para quienes cultivamos este oficio “llegar virgen a la película”; en ocasiones es inevitable toparse, en los días en torno a un estreno esperado, con algún titular que rompa la inocencia con la que afrontar un filme. Así, es posible que las líneas que siguen estén influidas por el titular con que Oti Rodríguez Marchante despachaba en ABC su texto en torno a The Alto Knights: “A Robert De Niro le sobra un personaje y le falta Joe Pesci”; aunque no lo estuvieran, se debe reconocer la precisión del veterano crítico; su frase resume en esencia el núcleo de la debacle.
Podría parecer a priori imposible que el último film de Barry Levinson —quizás también el último en el sentido de que ponga un fallido broche a su irregular filmografía— tuviera siquiera posibilidad de fracasar. La relación histórica entre Vito Genovese (Robert De Niro) y Frank Costello (también: Robert De Niro) –los capos de la mafia neoyorquina que controlaron el contrabando de alcohol en todo el país durante la Ley Seca y que, de ser uña y carne, devinieron enemigos mortales— quería ser contada.
Tener a De Niro (muy en forma, todo sea dicho) interpretando en singular doblete ambos papeles protagonistas prometía un deleite experimental de carácter singular; el guion, obra de Nick Pileggi, quien escribió a cuatro manos con Martin Scorsese los de sus joyas Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) y Casino (1995), ambas protagonizadas por el ya citado De Niro, prometía solidez; apadrinaba todo el proyecto, además, Irwin Winkler, productor de algunas de las películas más personales y complejas del realizador italoamericano, como New York, New York (1977), Toro salvaje (Raging Bull, 1980), la mencionada Uno de los nuestros, o la imprescindible El irlandés (The Irishman, 2019).
Con esta constelación, parece justo preguntarse por qué el propio Marty no dirigió el film. La respuesta, tras el visionado, resulta evidente: porque ya lo había hecho, y bastante mejor. Nada hubiera aportado The Alto Knights a la filmografía del de Little Italy, que quiso cerrar su ciclo mafioso precisamente con El irlandés, reuniendo a todos los históricos del subgénero (De Niro, Keitel, Pesci, Pacino); todo lo que se podía decir sobre la mafia ya lo había dicho Scorsese, valiéndose de otros nombres y de otros personajes, pero con una pericia infinitamente mayor.
Aquí, sin embargo, De Niro solo se reúne con De Niro, a veces incluso en el mismo plano, lo que genera en el espectador la surrealista sensación de estar observando el famoso meme de Spiderman señalándose a sí mismo. Levinson, por su parte, fracasa estrepitosamente en su intento de formular una sucursal propia del núcleo de gánsteres scorsesianos; quizás la referencia precedente a Marvel sea más que acertada, pues The Alto Knights sabe a spin off, a homología del metaverso de Marvel en clave mafioso-scorsesiana, es decir: a producto de rebufo carente de toda originalidad.
Y, por último, Pileggi, sin Marty, se queda cojo; nada tiene que ver la superficialidad del guion de The Alto Knights con la complejidad antropológica y narrativa de Uno de los nuestros o Casino, por mucho que el film de Levinson arranque con una suerte de paráfrasis del comienzo de esta última. Schrader usaba el símil de una calculada partida de ajedrez para definir para definir el trabajo de Scorsese con sus guionistas; pero aquí, sin Marty ni nadie que se le parezca, Pileggi solo juega a hacerse trampas al solitario.
El resultado, en definitiva, es el de un café descafeinado o una cerveza sin alcohol: huele igual, sabe parecido, pero carece en todo punto de sus efectos. Y si sirve para algo, como esta crítica parece querer demostrar, es para estimar más aún el genio de Scorsese. Y para echar de menos a Pesci, que es quien debía haber interpretado a Genovese. Para todo lo demás, un film prescindible, una medalla con brillo ajeno que Levinson no consigue colgarse.
Rubén de la Prida