The Smashing Machine

Crítica

Público recomendado: +16

Para hacer críticas de películas como esta primero hay que ser realistas con sobre qué estamos hablando: Artes Marciales Mixtas. No hablamos ni de fútbol, ni de baloncesto o tenis, sino una disciplina muy minoritaria en este país. Sí, tiene su público y desde luego es fiel, pero no es tan numeroso como el de los deportes más importantes en España. Por eso es de agradecer que para disfrutar The Smashing Machine no haya que ser un experto en la materia (quien escribe esto no lo es ni de lejos), sino que se requiere estar abierto a ver una historia de gran interés humano, y eso puede hacerlo cualquiera.

Dwayne Johnson interpreta al luchador de MMA, Mark Kerr, retratando su meteórico ascenso y caída en el brutal mundo de las artes marciales mixtas descarrilado por la adicción a los opiáceos. Mark fue dos veces campeón del torneo de peso pesado de UFC y campeón de World Vale Tudo Championship.

Coge el toro por los cuernos en la dirección Benny Safdie, quien también se encarga del guion, el cual se basa en el documental homónimo de 2022 de John Hyams, aquí productor y principal consultor. El libreto es sólido, muy sólido, y casi se diría documental si no fuera porque hay hechos cambiados y un actor como Dwayne Johnson ‘The Rock’ para hacer de él durante los tres años que dura la historia en la ficción. Al principio vemos a una auténtica máquina aplastadora (de ahí el título) que jamás ha saboreado la derrota: “¿Qué hará si pierde?”, “No lo sé… no lo imagino, no lo contemplo… intento alejar ese pensamiento de mi cabeza… sinceramente, no tengo ni idea de lo que pasaría”. Y pasa, ya lo creemos que pasa, y le destroza, pero vayamos paso a paso.

Safdie usa un muy inteligente 4:3 al principio para meternos en harina y llevarnos de vuelta a 1997 con un diseño de producción magnífico. Enseguida pasamos al 16:9, pero se mantiene ese estilo de imagen un poco desenfocado y no muy claro, reflejo perfecto de lo que le ocurre a Kerr por dentro: su vida se está yendo al garete por una derrota, ilegal y luego declarada nula, pero derrota al fin y al cabo, y todo se empieza a difuminar, tanto su vida personal como la profesional, lo que le lleva a depender de opiáceos nada recomendables y a meterse en una espiral autodestructiva contra la que no deja de luchar. Ayudan mucho esas largas tomas en plano secuencia sin diálogos, muy cercanas, todas basadas en respiraciones y miradas, para ayudarnos a entender su dolor y frustración.

Y sin embargo Kerr es muy humano y empático (maravilloso cuando se interesa por su rival, que está en el suelo tras haberle pegado mucho, por si está bien) siempre intenta mostrar una sonrisa, ser muy cercano con la gente, muy amable y no perder de vista una verdad universal que incomoda a muchos famosos: siguen siendo humanos, Dios solo hay uno (no se le cita, pero el mensaje es claro), y como humanos deben un respeto a los demás, y si además eres majo y cercano pues mejor. Incluso con los oponentes, esos a los que se debe enfrentar porque así es el trabajo, pero sin sentimientos negativos de por medio: “¿Cuando peleas odias al rival?”, “¿Odiar? No, en absoluto”, y es verdad, tras el combate se ven, ríen juntos y hasta se hacen fotos de amigos, “aquí paz y después gloria” que se diría. Incluso él es consciente de que la violencia fuera del ring no debe existir: “No te pelees”, que le dice sonriendo a un niño pequeño tras firmarle un autógrafo. También llama la atención cómo una mole humana como Kerr se muestra miedoso ante una sencilla atracción de feria. “Bueno, nadie es perfecto”, que se decía en esa obra maestra del cine.

Como decimos, Kerr, a pesar de sus innumerables problemas y de su meteórico descenso, no deja de luchar, aunque a veces tenga momentos muy delicados con su novia Dawn Staples (excelente Emily Blunt), algunos muy extremos, pero siempre con la puerta abierta a la reconciliación. También hay que contar con el luchador californiano Mark Coleman, rival en el trabajo (bromeaban con qué pasaría si competían juntos) pero amigo íntimo en la vida real y que fue fundamental en la recuperación de protagonista.

Lo que no aporta nada y sobran son varias duras blasfemias que el doblaje al español podía haber evitado, para variar. En todo caso no empañan el hecho de que lo que vemos es la realidad de los deportistas, también de los campeones: fuera de las sonrisas, de los premios, del ‘glamur’ de los combates (maravillosamente bien rodados)… son personas, personas que sufren y que lloran, a las que les pasan factura las derrotas y que tienen dudas, caídas, momentos en los que parece que todo está perdido. Básicamente, que no todo es felicidad, que detrás de esas sonrisas de cara al público en realidad hay una persona con sus subidas y bajadas que necesita un hombro sobre el que llorar y mucha fortaleza para no caer en terribles vicios, y aún más fortaleza para salir de ellos.

Otro asunto muy interesante y que da para muchas líneas es el de la comunicación en la pareja, absolutamente esencial. Pero, ¿qué ocurre si en esa pareja uno de los dos mete a alguien externo? Aunque sea con la mejor intención, si eso pasa sin el consentimiento del otro el resultado puede ser nefasto. Por eso una pareja consiste en dos, no en más.

Así que sí, Safdie habla de muchas cosas muy interesantes y con mucho acierto. Quizás para los más ajenos a la lucha libre las palabras más técnicas resulten ajenas y no las entiendan, pero es algo normal y no se pueden evitar si vamos a ver un filme así. En todo caso lo importante es que asistimos a una historia muy humana, a ver cómo un campeón deja de serlo, cómo le pasa factura, el gigantesco coste que tiene para él, la importancia del apoyo externo y cómo sabe sobreponerse con ayuda de sus seres más queridos. Muy hermosas por cierto las fotos de los créditos, especialmente una en la que aparece el luchador real con el protagonista.

Miguel Soria

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