Tres adioses

Crítica

Público recomendado: +16

Llega a nuestra pantallas el último film de Isabel Coixet, Tres adioses, que narra una historia de amor y desamor, de dolor y perdón, de muerte, gozo de vivir y sentido de la vida. Es una película contemplativa y emocional, conmovedora por su autenticidad humana.

La historia arranca con una discusión casi intrascendente entre Marta y Antonio. Están atravesando un mal momento en su relación y ese día él decide romper. Marta se refugia entonces en su soledad y en largos silencios para recuperar la paz. Junto a ella, su vehemente hermana Elisa no deja de alterar el refugio de aislamiento de Marta con su forma de envolverla en su cariño. A su lado, como una sombra discreta, tiene también a Agostino, un profesor de filosofía, compañero de trabajo, secretamente enamorado de ella, que no pregunta ni pide nada, pero está ahí incondicionalmente.

Y justo entonces, cuando no sabe qué hacer con su vida, a Marta le diagnostican una grave enfermedad. Paradójicamente, ante la cercanía de la muerte, su vacío interior se llena de gozo de vivir. Descubre que el dolor de una pérdida, de otro, como Antonio, o de sí misma, sólo se asume insertado en el cauce del sentido de la vida (‘Amar y darse’, dice ella). 

Pero Tres adioses no es en absoluto un melodrama, ni cuenta una historia “sobre morir”; la película es más vitalista que dramática. El diagnóstico de la enfermedad no constituye el clímax de la historia un amor perdido, sino el punto de partida del verdadero relato. La ruptura con Antonio es sólo el contexto, lo nuclear es la reflexión sobre saber vivir con sentido. 

Roma, donde se desarrolla la acción, no aparece en su espléndida belleza como postales turísticas, sino como una ciudad íntima, el espacio emocional de las vivencias de Marta. Y el espectador no mira la historia, la vive, la siente por dentro; la fotografía de Guido Michelotti, cálida y melancólica, lo envuelve en una  atmósfera íntima, en la que los silencios, los gestos y las miradas son tan expresivos como las palabras.

Entre el buen trabajo de todo el elenco, destaca la magnífica actuación de Alba Rohrwacher: gestos comedidos, sonrisas apacibles y lágrimas que, intuimos, se deslizan suavemente por los bordes de su alma.

Espléndida película, que esponja la mente y el corazón y contagia las ganas de vivir con sentido y de no perderse ningún pequeño detalle del amor y de los sentidos, como darse y acoger al otro, o disfrutar de la música y hasta del sabor de la comida (¡maravillosa la escena del helado!).  

Mariángeles Almacellas

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