Una hija en Tokio

Crítica

Público recomendado: +18

Ser padre cuando no hay relación posible coloca al protagonista en un territorio incierto, el de una identidad que persiste, aunque ya no pueda ejercerse.

En Una hija en Tokio (Guillaume Senez, 2024), Jérôme (Romain Duris), un taxista francés en Tokio, lleva 9 años buscando a su hija Lily tras haber perdido la custodia. Cuando está a punto de abandonar la búsqueda y volver a Francia, el azar hace que la niña suba a su taxi. Ella no le reconoce, pero él sabe perfectamente quién es.

El director construye un relato contenido y una reflexión profundamente centrada en el vínculo paterno-filial. Es una relación imposible, con un padre presente sin poder serlo y una hija para la que esa figura apenas ha existido.

El recorrido de Jérôme por la ciudad, marcado por la rutina del taxi y por una búsqueda que ya roza la obsesión, refleja esa identidad detenida en el tiempo. En su empeño hay algo más que el deseo de localizar a su hija: la necesidad de conservar lo que significa ser padre.

La situación del protagonista y de otros personajes que aparecen a lo largo del metraje está marcada por el sistema jurídico japonés. El film retrata las consecuencias de un modelo de custodia que, durante años, ha dejado a uno de los progenitores al margen de la vida del menor. Un sistema que ha comenzado a reformarse en 2026 con la introducción de la custodia compartida, aunque la distancia entre el cambio legal y la experiencia de las familias sigue siendo una cuestión abierta.

Sin embargo, más allá de la denuncia implícita, el interés del relato no está tanto en lo jurídico como en lo humano: en cómo una estructura externa puede interrumpir un nexo tan fundamental hasta hacer que quienes estaban unidos por él terminen por no reconocerse. En ese sentido, Una hija en Tokio apunta a una tensión más profunda entre lo legal y lo familiar, entre lo que se reconoce formalmente y lo que, sin embargo, sigue existiendo en el plano humano y afectivo.

Desde el punto de vista cinematográfico, Senez opta por una puesta en escena sobria, apoyada en el ritmo pausado y en una cámara que acompaña de cerca al protagonista. La interpretación de Romain Duris sostiene toda la narración, con un trabajo contenido que evita el exceso emocional y refuerza la credibilidad del personaje. La ciudad de Tokio, por su parte, con su densidad y su anonimato, actúa como escenario y como un reflejo de la distancia que atraviesa toda la trama.

El relato invita a un acercamiento paciente, más atento a los matices que a los giros narrativos, un enfoque que hace que el conflicto se desarrolle con coherencia, sin caer en la sensiblería. Cuando la situación llega a su inevitable punto de tensión, la película mantiene ese mismo tono contenido, sin buscar soluciones fáciles, pero con cierta mirada esperanzadora.

Más allá de su contexto concreto, la historia pone el foco en una experiencia hoy muy reconocible: la de quienes, privados de la relación con sus hijos, siguen intentando sostenerla a pesar del tiempo, la distancia y el silencio. En ese esfuerzo de Jérôme, lleno de esperas, de pequeños gestos y de una fidelidad que no siempre encuentra respuesta, se reconoce también el de tantos padres y madres que continúan luchando por no perder del todo a sus hijos.

En esta línea, la película sugiere algo más de fondo. La ausencia de uno de los progenitores no es neutra ni indiferente en la vida de un niño o niña. La identidad se construye en relación con esos vínculos y, cuando uno de ellos se pierde, queda un vacío difícil de nombrar, pero real y esencial. Quizá por eso, no se habla solo de una búsqueda, sino que se plantea también la necesidad de que ese vínculo, aun frágil o interrumpido, no desaparezca del todo. Son lazos esenciales que permanecen abiertos, a la espera de poder retomarse.

https://youtu.be/8cSeaNlr4Dw?si=40euM6ys9oX9XAs0

Larissa I. López

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