Vida en pausa

Crítica

Público recomendado: +16

El cineasta griego Alexandros Avranas, que obtuvo el León de Plata al mejor director en el Festival de Venecia 2013 por su película Miss Violencia, nos trae ahora una densa y conmovedora película, que, por momentos, casi roza el terror psicológico.

La trama, inspirada en hechos reales, nos traslada a la Suecia de 2018. Antes de empezar la acción, Avranas nos presenta las imágenes de los cuatro miembros de una familia: padre, madre y dos hijas pequeñas. Se trata de Sergei (Grigori Dobrygin) y Natalia (Chulpan Khamatova), y sus pequeñas Alina (Naomi Lamp) y Katja (Miroslava Pashutina).

En Rusia, Sergei era un profesor de instituto que se atrevió a recomendar a los alumnos la lectura de libros prohibidos y a abrirles ventanas hacia horizontes de libertad. La respuesta no se hizo esperar por parte de la policía política: recibió una brutal paliza, cuyas huellas son todavía visibles en su piel, y toda suerte de amenazas contra su familia. Katja, la hija pequeña, fue testigo de la agresión a su padre sin que, afortunadamente, los verdugos se apercibieran de su presencia.

Considerado ya un disidente al régimen, a Sergei y a su familia no les cabía esperar otro trato que todo tipo de violencia. Se vieron, pues, empujados a dejar atrás su casa y una vida estable y huir del país con lo puesto. Se dirigieron a Suecia, donde pidieron asilo político.

Y allí empieza para ellos una nueva pesadilla.

A pesar de todos sus esfuerzos por adaptarse a su nueva vida –Sergei con un trabajo de limpiador, nada parecido a su estatus de profesor de instituto en Rusia, Natalia como ama de casa meticulosa y ordenada y las dos niñas como alumnas ejemplares en la escuela–, su petición ha sido denegada. Aunque tienen la oportunidad de apelar antes de ser deportados a su país de origen, cunde en ellos el desánimo. En ese clima familiar de preocupación y miedo, Katja, la hija pequeña, pierde la consciencia y se hunde en un coma profundo.

Alexandros Avranas pone de manifiesto un fenómeno que viene observándose en Suecia, desde los inicios del siglo XXI. Se trata del llamado «síndrome de la resignación», una misteriosa enfermedad que afecta a niños que han sufrido un trauma migratorio, cuyos síntomas incluyen un aislamiento completo. Los afectados caen en un tal letargo, que dejan de caminar, hablar y hasta de abrir los ojos. Algunos pueden llegar a recuperarse, si bien, dependiendo del tiempo que haya durado el coma, es posible que sufran serias secuelas.

Para tratar el suceso dramático de una familia, de su huida de la persecución de un régimen antidemocrático para llegar a caer en la deshumanización de un régimen democrático, Avranas adopta un estilo frío, en un marco minimalista y sobrio, de colores neutros solo salpicados de flashes rojos para señalar prohibiciones, con personajes femeninos —médicos, funcionarios y enfermeras— que se mueven y actúan como robots-azafatas, de sonrisa glacial y amabilidad impostada. El mismo realismo frío envuelve tanto la determinación de la familia por recuperar una vida, como el dogmatismo deshumanizado de las instituciones a las que debe enfrentarse.

Sergei y Natalia son considerados los culpables del síndrome que aqueja a su hija, y son obligados a seguir un programa de reeducación de padres, que supone una serie de ejercicios humillantes, aprender a forzar una sonrisa permanente, dominar las tensiones y no dejar traslucir las emociones.

La lentitud con la que avanza la trama traslada al espectador el sentimiento de opresión y de tensión angustiante que sufren los personajes. En la película, elaborada con mucha precisión y con alta calidad estética y artística, los silencios son más significativos que las palabras. El mérito de compensar la ausencia de diálogos corresponde a los cuatro actores protagonistas que, con sus gestos y la expresión de sus rostros, logran transmitir los mensajes en su integridad, sin necesidad de verbalizarlos.

Pero Vida en pausa no se limita a mostrar el lado oscuro de la consecuencia psicológicas del exilio en los niños, y la frialdad, cuando no violencia psicológica, para acoger a perseguidos que piden asilo, sino que apunta también al valor de la familia y del amor incondicional de los padres por sus hijos. Sólo la calidez del amor les da a Sergei y a Natalia las fuerzas para vencer la carrera de obstáculos a la que los somete la reacción gélida del desamor. Y solo el amor constituye un «baño purificador» capaz de sanar las heridas más profundas del alma. Otro rayo de luz y de esperanza sobre el ser humano es la figura de la enfermera Adriana (Eleni Roussinou), capaz de arriesgarse para intentar  paliar el dolor ajeno.

Paralelamente a esa mirada luminosa y esperanzada sobre los personajes, la película, entre realidad y distopía, constituye un grito de alarma y de denuncia frente a la incapacidad de Estados e instituciones para discernir y dar respuesta a las situaciones, problemas y sentimientos de las personas migrantes que llegan huyendo del horror. Todo un aldabonazo a nuestras conciencias y una llamada a movilizar la inteligencia y el corazón para comprometernos con la justicia y crear un mundo más acogedor y solidario.

Mariángeles Almacellas

https://www.youtube.com/watch?v=c0hM-KOKvhA

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad