Crítica
Público recomendado: +16
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¡Quién tuviera un marido de mimbre! Uno que no ronque y que arregle el tejado sin que nadie se lo pida. Que no coma, que solo beba agua del río y que diga cosas bonitas al volver del trabajo. Y que, encima, no le moleste el olor a pescado.
En todos los pueblos hay alguien de quien se habla a sus espaldas. De la Pescadora se habla también a la cara. Vive sola en las afueras, se pasa el día limpiando pescado y un buen día se presenta en casa del Cestero con sus ahorros y un encargo muy concreto: un marido. La razón del pedido es menos romántica de lo que parece. Cada vez que baja al pueblo, alguien le recuerda que huele mal, que es fea y que nadie se casará nunca con ella. Y ella, que jamás se ha quejado de nada, ha decidido demostrarles lo contrario. Con esa premisa, sacada de un cuento de Ursula Wills-Jones, Eleanor Wilson y Alex Huston Fischer construyen Wicker, una fábula tan absurda como tierna. Una vuelta de tuerca interesante a un cuento popular, con Olivia Colman, Alexander Skarsgård y Peter Dinklage a la cabeza del reparto.
El marido es un éxito. Ancho de hombros, largo de piernas, trabajador incansable y de una ternura casi ridícula. La película disfruta enormemente con él, y con ella, en un guion raro y muy divertido que se ríe del matrimonio sin dejar de tomárselo en serio. Porque hasta el marido perfecto tiene sus cosas: no hay manera de sentarse con él junto a la chimenea, por razones evidentes, y cuando se moja le sale moho. La imagen acompaña con una belleza de cuento ilustrado que hace del pueblo un lugar precioso de mirar y bastante desagradable de habitar.
El pueblo lo tenía clarísimo. Nadie se casaría nunca con la Pescadora. Pocas profecías se han cumplido tan mal. Y a los vecinos les molesta mucho menos el mimbre que la felicidad. Un marido que no come, que pasa las tardes de calor tumbado en el río y que le dice a su mujer cada noche que la quiere no encaja en ninguna idea de matrimonio que conozcan. Y, sin embargo, funciona. La Pescadora ha encontrado la felicidad sin seguir ninguna de sus reglas, y eso, para quien ha vivido siempre según ellas, es imperdonable. Decía Quevedo que la envidia va tan flaca porque muerde y no come, y en Wicker hay mucha gente muy delgada. Las mujeres reprochan a sus maridos que no les arreglen la puerta; los maridos responden que a ver si ellas se ponen flores en el pelo. Nadie se mira a sí mismo cuando tiene tan a mano la vida de la vecina.
Lo triste es que la envidia, tarde o temprano, siempre encuentra una rendija. La Pescadora es feliz, pero lleva demasiados años escuchando que no merece serlo, y cuando las vecinas empiezan a sembrar dudas, sus inseguridades hacen el resto. ¿Cómo iba alguien así a quererla a ella? Siempre es más fácil creerse lo malo que lo bueno, sobre todo cuando lo bueno parece hecho para otra.
Wicker es una fábula, con todo lo que el género tiene de cruel y de moraleja, y quien espere una comedia romántica excéntrica puede desconcertarse cuando el cuento empieza a enseñar los dientes. Pero pocas veces una lección ha llegado envuelta en tanta gracia.
¡Quién tuviera un marido de mimbre! Eso piensa uno al principio. Al salir del cine, la exclamación suena distinta. El problema de la Pescadora nunca fue encontrar a alguien capaz de quererla, sino creerse, después de tantos años de insultos, que de verdad la querían.
Ana Guil