Yo no moriré de amor

Crítica

Público recomendado: +16

El primer largometraje de Marta Matute es desgarrador, no solo por la crudeza de la enfermedad en sí, sino también por su honestidad radical y su belleza. La directora de Valdemoro se basa en su propia historia personal, incluso confiesa su homosexualidad, algo que no pudo revelar a su madre hasta que el alzhéimer que sufría estaba ya muy avanzando. “La intención de esta película es acompañar a las personas que están pasando por una situación parecida”, anunció en la presentación del filme en el Festival de Málaga, donde se hizo con el mayor galardón, la Biznaga de oro a Mejor película.

Claudia tiene 18 años y está en un momento clave en su vida: salidas nocturnas con sus amigas, primeras relaciones afectivas, elección de carrera… pero un acontecimiento en su casa afectará al trascurso natural de su adolescencia. Su madre la necesita. La enfermedad de su madre irrumpe como una tormenta silenciosa que obliga a redefinir los roles en una familia que lleva tiempo desconectada. Entre el deber de cuidar y el deseo de vivir como cualquier chica de su edad, Claudia busca un modo de habitar esa nueva realidad, que transformará los vínculos entre toda la familia.

Yo no moriré de amor cuenta con un reparto magnífico, compuesto por la debutante Júlia Mascort, quien ganó la Biznaga de plata a mejor actriz en Málaga; Tomás del Estal, Biznaga de plata a mejor actor de reparto, especialmente conmovedor en la figura paterna, silenciosa y frágil, que encarna una masculinidad poco habitual en el cine español reciente al reconocer la vulnerabilidad, ternura y consciencia de sus propios límites; Sonia Almarcha (La ruta, El buen patrón) que destaca con una espectacular interpretación en el rol de la madre enferma; y Laura Weissmahr, a quien descubrimos en el drama sobre la maternidad Salve María. 

Matute filma el dolor desde dentro y evita el sentimentalismo: Ahí reside uno de los mayores logros de una obra que encuentra su fuerza precisamente en la contención. La cámara observa a Claudia como si intentara acompañarla silenciosamente en su agotamiento cotidiano. No hay grandes estallidos melodramáticos ni subrayados musicales excesivos. La puesta en escena apuesta por la cercanía física, por interiores asfixiantes y por una fotografía apagada que parece absorber la energía vital de los personajes. El hogar deja de ser refugio para convertirse en una geografía emocional marcada por el deterioro.

La cineasta madrileña encuentra una voz propia cuando se atreve a verbalizar aquello que casi nunca aparece en pantalla: el rechazo hacia la persona cuidada, el deseo de que todo termine, la culpa que nace después de pensar lo impensable. La directora no idealiza los cuidados; los humaniza. Y precisamente por eso la película resulta tan desgarradora; porque entiende que el amor verdadero no siempre adopta formas dulces o heroicas. A veces consiste simplemente en quedarse.

Rosa Die Alcolea

https://www.youtube.com/watch?v=788u-1PlhF0

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