Crítica
Público recomendado: +16

Hacia el final de Nuestro día, nuevo film del prolífico realizador surcoreano Hong Sang-soo, un joven lleno de interrogantes (Ha Seong-guk) dirige a un viejo poeta (Gi Ju-bong) una pregunta que atraviesa los siglos: ¿qué es la verdad? El literato, que parece imbuido de una inusitada sabiduría, le responde que la verdad es una respuesta errónea y le explica a continuación, bajo la lente atenta de la aprendiz de directora de la que el muchacho está enamorado (Park Mi-so), que no podemos realmente conocer la verdad, sino solo navegar en el error. Esta vida, carente de todo significado, es solamente un continuo deambular de un error en el siguiente. La existencia no tiene sentido —habla el poeta, con su sonriente nihilismo—, es inútil buscárselo. Basta con estar agradecido por las pequeñas cosas, como jugar —juegan los tres, de hecho— al piedra, papel y tijera. O como el alcohol, que el viejo dejó un día y al que vuelve —¿qué significado tiene la consciencia en una nebulosa carente de significado?—, o el tabaco, o los bollos grasientos degustados en su terraza surcoreana. Ah, los placeres cutres de la vida. Oh, Epicuro venido a menos.
Esta historia, realmente la segunda en hacer acto de presencia en el film, se entrelaza por medio de montaje alternado con retazos de diálogo entre tres mujeres (Song Seon-mi, Kim Seungyun, Kim Min-hee). El momento álgido de este otro relato se da cuando el gato de una de ellas se pierde y la propietaria confiesa a la amiga que trata de consolarla: «Mi gatito precioso […]. Creo que solo lo quise de verdad a él. Ni siquiera a ti». Los animales domésticos como sustitutos de las personas, en una manifestación espeluznante de puro banal.
Parece como si, con estos pasajes —entre los que sirven de puente pretextos objetuales como el ramen picante o una guitarra— el cine de Hong Sang-soo dejase claro lo que es y lo que no quiere ser. Su cine a modo de matriz, en el que una película es igual que otra, un elemento idéntico al de al lado —solo diferenciados entre sí por las levísimas variaciones que constituyen su verdadera esencia— parecía una respuesta serena al exhibicionismo de gran parte de la producción cinematográfica actual. Un cine de las relaciones humanas; quizás, incluso, un cine que, en la repetición obstinada de lo cotidiano y lo prosaico, deseaba alcanzar lo poético y lo trascendente. Así lo interpretó este cronista en más de una ocasión; ahora sospecha que su juicio fue demasiado benévolo; que acaso leyó la austeridad de modo erróneo. O quizás era correcta aquella lectura, pero se ha vuelto hueca y superficial la obra del realizador coreano. Que también podría ser.
Queda, este mes, otra película de Sang-soo por estrenar. Ella servirá, acaso, de árbitro de una filmografía entre la trascendencia y la pura nada. Seguiremos informando.
Rubén de la Prida