Crítica
Público recomendado: +18

Adolescencia, la nueva miniserie de Netflix, es un golpe al estómago que deja sin aliento. Esta producción británica, fruto del ingenio de Stephen Graham y Jack Thorne, con Philip Barantini al timón, se atreve a mirar de frente al abismo de la juventud actual. Y lo hace con una brillantez formal que deja en evidencia a la mayoría de producciones contemporáneas. En definitiva, una de las escasísimas joyas que de vez en cuando se encuentran en esta plataforma.
La premisa es demoledora: Jamie Miller, un chaval de 13 años, se ve envuelto en el asesinato de una compañera. Pero debemos estar atentos, ya que la obra va mucho más allá para meternos de lleno en el infierno emocional que traspasa a la familia del acusado, los policías que investigan el caso y toda una comunidad sacudida por el escándalo.
Un apartado de Adolescencia para dejar boquiabierto a cualquiera es la apuesta estética: cada episodio es un plano secuencia. Prácticamente cuatro horas divididas en cuatro partes sin cortes, más allá de ser un alarde técnico, obliga al espectador a ser testigo vivo de cada segundo de angustia, sin poder escapar de una tensión que se vuelve tan realista como insoportable.
¡Qué decir del guion! Una joya en cada una de las frases que van formando unos diálogos cuanto menos complejos, que abrigan multitud de significados entre palabra y silencio. En cierto modo podría decirse que se sienten esos gritos mudos que perforan el alma. Graham y Thorne se aventuran a hurgar en las heridas de una sociedad desnortada entre acoso escolar, presión académica, evasión digital y una clara falta de referentes morales que antaño construyeron los pilares de un sistema en constante conflicto interno. Lo brillante aquí es que todo esto se muestra sin edulcoramientos, es pura crudeza.
Pero voy más allá. Adolescencia lanza preguntas que duelen porque atacan la misma verdad que la sociedad ha desviado de su centralidad. Es decir, la serie clama a la necesidad de depurar responsabilidades. Ante un caso de esta vital sensibilidad, ¿cómo se reparten las culpas entre padres, colegio e hijo? El simplismo del “monstruo” aparece como león rugiente, así como la extrema carga de la educación. Cada uno es responsable de sus actos, pero somos herederos de una familia muy concreta que nos define, e incluso el pecado social resuena aquí con una fuerza demoledora. Asunto muy delicado.
Nada de esto se habría logrado sin unas grandes interpretaciones. En la cabeza Stephen Graham como padre del chico. Pura genialidad expresando la lucha interna entre amor paternofilial y repudio por los actos cometidos, recuperando su propia niñez, esto es, un descenso a las tinieblas. La gran sorpresa ha sido el joven Owen Cooper, todo un descubrimiento, un derroche de complejidad, entre fragilidad y determinación.
Adolescencia mama del tradicional realismo social británico, pero va más allá, añadiéndole mayor crudeza y un pulso narrativo impropio. El resultado huele a nuevo sin serlo, es televisión que va con todo para zarandear las conciencias y cuestionar las decisiones diarias.
Una miniserie para engullir, pero no pasar el rato. Esto es imposible cuando te remueve las entrañas de esa manera, recordándonos en cada capítulo el proceso de deshumanización en el que participamos. La buena noticia, que son condicionantes, la determinación llega con la brújula moral que ahora urge como el aire que respiramos. Adolescencia es un grito de auxilio, una llamada a la acción que, como toda verdad, es una espada de doble filo que duele y cura.
Gabriel Sales Triguero
https://www.youtube.com/watch?v=dLMviZAie0c&ab_channel=NetflixEspa%C3%B1a

Licenciado en Periodismo, Máster en Comunicación y Branding Digital, Máster en Matrimonio y Familia y Máster en la Unión Europea. Apasionado comunicador y crítico de cine, personalista practicante y absoluto seguidor del séptimo arte más reflexivo. Cada película es una ventana hacia nuevas perspectivas y emociones, no subestimemos las historias que retan nuestro acomodo mental.