Crítica
Público recomendado: +16
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Con El segundo acto, bajo la forma de una comedia absurda, Quentin Dupieux nos invita a una reflexión filosófica sobre el séptimo arte. Para ello utiliza el recurso de la “puesta en abismo” (del francés mise en abyme), que consiste en entreverar dos narraciones, una dentro de la otra.
El cineasta desdobla el argumento de la película en dos tramas imbricadas, el cine dentro del cine, para cuestionar el poder del séptimo arte sobre la realidad. Dupieux se mueve en la delgada línea que separa ficción de realidad tangible, para dilucidar si el cine crea una nueva realidad, o bien si es de la realidad ya existente de donde brota el sueño que constituye el cine. De la solución al dilema se derivarán a su vez dos posibles conclusiones. O bien, como afirma uno de los personajes, “el cine no sirve para nada”, o, por el contrario, no sólo es útil sino que, además, en tanto que arte, tiene valor.
Es difícil hablar de esta película sin revelar ninguna de las sorpresas que van sucediéndose a lo largo de la línea argumental, sembradas por Dupieux para impactar inesperadamente en el espectador. Florence (Léa Seydoux) quiere presentar a David (Louis Garrel), el hombre del que está locamente enamorada, a su padre, Guillaume (Vincent Lindon). Por su parte, David está abrumado porque, a pesar de que Florence es una chica muy atractiva, siente una especie de repulsión hacia ella. Para intentar salirse del atolladero, le pide a su amigo Willy (Raphaël Quenard), un joven rudo y bastante inculto, pero bien parecido y exitoso con las mujeres, que conquiste a Florence y, de este modo, lo libere a él de esa enamorada que tanto le agobia.
Los cuatro llegan a un restaurante de carretera, Le deuxième acte, regentado por un hilarante camarero estresado y paranoico (Manuel Guillot), que no consigue llenar una copa de vino sin verter por fuera la mitad del líquido.
La pista del “cine dentro del cine” se revela pronto al espectador, pero no siempre puede distinguir de inmediato con claridad en cuál de esos dos “cines” se están moviendo los personajes. El desconcierto y las sorpresas contribuyen a envolver, bajo la forma de delirio ingenioso, varias dudas y preguntas sobre el arte del cine, la profesión del actor y la libertad robada, a ellos y al espectador.
En un premier plano, aparece la situación de agobio de David con Florence, la enamorada que va a presentarle a su padre, y su retorcida intención de arrojar a la chica a los brazos de su amigo Willy, que no deja de estar un poco reticente.
A partir de esa sencilla base argumental, en un segundo plano, los personajes son, en realidad, actores que están trabajando en una película, en los alrededores de un restaurante, en medio de ninguna parte.
A través de sus palabras, acciones y reacciones, se despliega una sátira contundente sobre las vicisitudes y dificultades del oficio de actor, así como de muchos de los problemas por los que atraviesa el séptimo arte en el siglo XXI: la desafección del público, la llegada de la inteligencia artificial, los egos ridículos de algunas estrellas, los efectos del movimiento #MeToo, el difícil equilibrio entre el wokismo y la legítima lucha contra la discriminación y, finalmente, cómo se prevé el futuro del cine.
En un tercer plano, aparece una visión distópica del cine, con la presencia amenazante de la inteligencia artificial.
Los diálogos, especialmente el larguísimo travelling del principio, siguiendo los pasos y la conversación de David y Willy, resultan divertidos, no porque los personajes hagan chistes, sino porque reflejan la realidad que respiramos en nuestro entorno: la “corrección política” que se nos impone taxativamente, el miedo “a ser cancelado”, la consternación por el sinsentido que estamos viviendo en muchos aspectos, el señuelo de las ganancias para acallar principios y conciencias; el pavor de ser acusado de homófobo, etc.
La puesta en escena de Dupieux es extraordinaria, planos estáticos, larguísimos planos secuencia e interminables travellings jugando con las seis parejas posibles entre los cuatro actores, charlando mientras caminan. El trabajo actoral de los cuatro protagonistas es inconmensurable, y no menos bueno es el del secundario Manuel Guillot.
Más allá de la sátira y del entretenimiento, la reflexión profunda sobre el trinomio cine-realidad-ficción deja poso en el espectador. Entre contemplar a los actores como héroes que cumplen la misión de mantener viva la “fábrica de sueños” en su época de decadencia, como los músicos en el Titanic, hasta considerar que “el cine no sirve para nada”, Quentin Dupieux sumerge al espectador en el vértigo existencial de la profesión, mientras lo enfrenta a tantas amenazas a la libertad de crear, que no sólo se ciernen sobre el séptimo arte, sino también sobre las vidas de cada uno de nosotros.
Mariángeles Almacellas