Crítica
Público recomendado: +16

Como en la reciente Blancanieves (Marc Webb, 2025) que, por poderosa, solo hace falta una razón para lapidarla en su insensatez, The End (Joshua Oppenheimer, 2024) cuenta, también, con la suya. Si bien en el caso de Blancanieves es que aquello que pone a andar a la historia es una imposibilidad —es decir, que la reina (Gal Gadot) sienta celos de la belleza de Blancanieves (Rachel Zegler)—, en The End es que se le cree un musical por la razón equivocada: en realidad, estamos frente a un anti-musical.
Resulta que Oppenheimer ama y odia los musicales al mismo tiempo: cuando tenía ocho años su abuelo lo llevaba en tren a Nueva York para ir a verlos, justo durante el tiempo en el que vivió un divorcio difícil en su familia. Dice que se dio cuenta más adelante de que se trataba de un «engaño» pues el musical servía como «vía de escape» de una realidad dura, de la catástrofe.
Algo sabe de catástrofes: es el director de los durísimos documentales The Act of Killing (2012) y The Look of Silence (2014) donde cuenta la masacre de 1965-1966 en Indonesia a manos de quienes todavía mandan allí. Oppenheimer instó a los torturadores a que reinterpretasen los asesinatos y torturas y ellos, sonriendo de oreja a oreja, lo hicieron encantados.
Puede que The End vaya sobre la negación. Sobre todo el autoengaño. Personajes-masa como los del cine del realismo socialista soviético conforman una familia —esta, por lo menos, permanece convencional— en la que el Padre (Michael Shannon), la Madre (Tilda Swinton) y el Hijo (George MacKay, el mejor de la cinta) viven en un búnker subterráneo de lujo, con arte y cultivos y peces, en un mundo postapocalíptico en el que no se puede subir a la superficie, cuya devastación parece ser consecuencia de las malas prácticas de hombres del petróleo como el personaje de Shannon. Todo se verá trastocado cuando la Chica (Moses Ingram) llegue de fuera a perturbar la rutina de la familia y a alborotar las hormonas del Hijo, que con sus escasos veintipocos años no conoce otra vida que no sea la subterránea, ni otras personas que no sean quienes comparten el búnker con él.
El autoengaño que refiere Oppenheimer es el del Padre, que trata de convencerse de que su trabajo hizo más bien que mal a la humanidad; el de la Madre, que se dice exbailarina del Bolshoi pero algo oculta; el de la Chica, que según llega confiesa lo que ha hecho para sobrevivir. Como dice un crítico, la película ha podido titularse «Todo está bien».
Y es que el «todo está bien» de un musical no es tal. Los musicales a los que se refiere el director, si no me equivoco, serán aquellos como los Fred-y-Ginger, donde hay espacio para la evasión puesto que el crac del 29 aún lamía las costras de los desempleados. El asunto es que un musical no lo es porque te permita evadirte o no, de hecho, algunos de estos Fred-y-Ginger hacen de los personajes protagonistas un par de pobres almas a las que no les llega ni para comer. Lo es porque en sus números musicales se encuentran las escenas núcleo de la película, las revelaciones de los pensamientos, anhelos y miedos de los personajes. La verdad.
En The End los personajes cantan sobre «el futuro que les pertenece», es decir, Oppenheimer ha hecho que sus personajes de musical hagan lo contrario de lo que harían Fred y Ginger: Padre, Madre e Hijo cantan la mentira, invirtiendo el sentido y convirtiendo la cinta en un despropósito. Como Blancanieves. Las cosas buenas que tiene, como el diseño del búnker y la hermosa y danzante fotografía opaca, no salvan este desacierto. El resto de las cosas negativas que pueda tener la cinta —como el nulo talento musical de los actores y compositores y sus dos horas y media de duración— es, pues, consecuencia de esto.
Narcisa García