La furia

Crítica

Público recomendado: +18

“¡Qué gran mal el amor es para los mortales!”, decía Eurípides. Gemma Blasco lo repite, sin tapujos, con una cámara que no pestañea.

Cuando se estrenó en el Festival de Málaga, La furia arrasó. Ángela Cervantes, esa actriz que parece hecha de carne viva y electricidad estática, se llevó la Biznaga de Plata por un papel que no se interpreta: se sobrevive. Y sobrevivir, en el cine de Gemma Blasco, no es un punto de llegada sino de partida.

Gemma Blasco no firma una película amable, ni siquiera complaciente. Todo lo contrario, es por momentos, incómoda de ver. La furia es un eco moderno del grito de Medea, aquella madre que mató para vengar. Pero aquí no hay mitología, hay cuerpos. Hay un cuerpo, el de Alexandra, que encarna la violación no solo como acto, sino como estado del alma. Y ese cuerpo transita lo que la mayoría de nosotras calla: el silencio después de la violencia, la mirada que acusa cuando confiesas, el amor que no sabe amar cuando más se necesita.

La directora catalana logra lo que solo las grandes cineastas consiguen: hacer visible lo invisible. Lo hace con una apuesta estética radical, incómoda y necesaria. La fotografía de Neus Ollé es una arquitectura emocional en sí misma: desaturada, punzante, llena de sombras que no son solo sombras, sino heridas sin cerrar. El montaje de Didac Palou, cortante, nos expulsa del confort narrativo; hay secuencias que se rompen como se rompen las certezas cuando el trauma irrumpe.

Blasco y la guionista Eva Pauné no escatiman en honestidad. La escena entre Álex (Ángela Cervantes) y su hermano Adrián (Álex Monner) es de una crudeza devastadora: muestra que el amor, cuando no se acompaña de comprensión, puede ser otra forma de violencia. Alexandra no habla porque el mundo no sabe escuchar. Porque incluso en el calor familiar, la víctima acaba exiliada.

La furia no solo se ve, se escucha. Y se huele. El diseño sonoro —con sus silencios elocuentes y su textura casi táctil— convierte el trauma en experiencia sensorial. Nada está ahí por azar. Todo golpea, y cuando no lo hace, duele. Como un grito que no sale. Como una herida que nadie ve pero todas sentimos.

Y ahí está Ángela Cervantes, que no actúa: arde como la furia que lleva dentro. No necesita palabras. Blasco escribió el personaje de Alexandra para ella, que la conoce desde la infancia, y se nota: la simbiosis es total. Cada plano suyo es un acto de resistencia, de exposición, de entrega absoluta. Y el cine, cuando se hace así, ya no es entretenimiento: es política, es arte, es verdad.

Rosa Die Alcolea

https://www.youtube.com/watch?v=P4BwcAil5E8

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