Destino final: Lazos de sangre

Crítica

Público recomendado: +18

Mantener el tipo en una saga con cinco películas a sus espaldas en un género absolutamente trillado no es tarea fácil, pero los directores Adam Stein y Zach Lipovsky logran un buen resultado con Destino final: Lazos de sangre, la sexta entrega de la mítica Destino final, y esta vez las cosas cambian un poco para revitalizar la fórmula.

Atormentada por una violenta pesadilla recurrente, la estudiante universitaria Stefanie regresa a casa para buscar a la única persona que podría romper el infausto ciclo. Así podría salvar a su familia de la macabra desaparición que les aguarda a todos de manera inexorable.

Permitirá el lector que, como hicimos con Until Dawn, demos un brevísimo curso de cine: esta saga pertenece al slasher, subgénero del terror en el que uno o varios asesinos acaban con torpes e incautos protagonistas, normalmente adolescentes, de formas sangrientas. Las sagas más importantes de este subgénero son It, Pesadilla en Elm Street, Viernes 13, Evil Dead o Saw, donde el mal lo encarna un ser humano. Luego hay vueltas de tuerca como la interesante It Follows, cuya secuela está próxima, o Smile, con dos entregas a sus espaldas. Y aquí tenemos la presente Destino final, cuyo villano es la propia muerte: invisible, imprevisible e implacable. El interés de esta saga reside en que se juega muy bien al despiste y, cuando parece que alguien va a morir, en realidad no tiene por qué ser así; no se sabe quién va a caer, cuándo ni por qué, solo sabemos que alguien morirá y que es imposible evitarlo. Y para más inri, se juega con la idea de que todo, absolutamente todo lo que rodea a los desdichados protagonistas puede ser mortal, desde un vaso a un mechero pasando por un libro o un cenicero. Así, se van sucediendo pequeños accidentes aparentemente triviales hasta llegar a una muerte horrible.

La primera película (James Wong, 2000) supuso toda una sorpresa en el género, tanto que tuvo cuatro secuelas de desigual éxito y calidad. La quinta película nos llegó en 2011 dirigida por Steven Quale, así que han pasado 14 años, una cifra nada desdeñable y tiempo de sobra para que los guionistas Guy Busick, Lori Evans Taylor y Jon Watts (este último también director de varias películas de Spider-Man) se hayan puesto al día y desarrollado una interesante trama que hace honor a lo que se espera de ella y, a la vez, la actualice a los tiempos modernos.

De esta forma tenemos un arranque magnífico en un restaurante en las alturas que ya nos da una idea de lo que nos espera, salvo por una novedad: esta vez la muerte no persigue a unos jóvenes incautos con más hormonas en ebullición que neuronas, sino a una familia entera, la cual a su vez está rota por una tragedia familiar del pasado. Se opta así por algo distinto a lo anterior, pero sin romper del todo con lo heredado, movimiento muy inteligente. Eso sí, no cambia el inmenso humor negro, la variedad de las muertes ni la visceralidad, no escatimando en detalle alguno, haciendo que solo los estómagos más fuertes no aparten la mirada de la pantalla. Se juega muy bien con la idea de una moneda, como si estuvieran diciendo “la diferencia entre la vida y la muerte es una cuestión de cara o cruz”, lo que a la saga le va de lujo.

Como además hay público tanto nuevo como ya veterano, por una parte, se vuelven a explicar rápidamente las “reglas del juego” y, a la vez, no se ahorra en guiños a todas las películas, incluyendo a un personaje que regresa y cuyo actor murió hace poco y a quien está dedicado el filme, todo un detalle.

Evidentemente, aunque la muerte es una protagonista más, no es la saga indicada para buscar mensajes sobre la trascendencia, es un puro divertimento muy gamberro hecho para hacer humor de la torpeza de los personajes y de las miles de formas de morir que parece que nos acechan en nuestro día a día. Se podría ver incluso como una llamada de atención a tener precaución con el entorno: los accidentes ocurren de la forma más tonta que podamos imaginar, aunque lógicamente todo se exagera mucho para hacer posible el metraje. Es recomendable también ver con atención los créditos finales por la historia que cuentan, complementaria a toda la película. La pena es, una vez más, una blasfemia que se podía haber evitado y que algunas escenas tienen efectos especiales de escasa calidad que deslucen el conjunto.

El objetivo de Destino final: Lazos de sangre es claro: actualizar y revitalizar una saga que parecía condenada al ostracismo. No inventa nada, pero es sincera consigo misma y logra un producto muy redondo para los fans de la casquería y el humor negro. Por supuesto solo para mayores de edad con fuerte estómago.

Miguel Soria

https://www.youtube.com/watch?v=jO0pT3Q4Rms

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