Crítica
Público recomendado: +16

¿Qué ocurre con lo que pasan los niños durante un divorcio? Porque las premisas en el cine suelen centrarse en lo que pasan los adultos, así que estar ante esa pregunta es original. Lo hace la directora novel Yolanda Centeno dirigiendo un guion coescrito con Jesús Luque y el resultado es su punto de vista, Tras el verano, un drama muy ligero de ritmo lento con reflexiones interesantes aunque no redondo.
Paula, Raúl y Dani podrían ser una familia más. Podrían serlo, de no ser porque Dani no es hijo de Paula, y ésta se enfrenta con el reto diario de encajar en una familia reconstituida. Este conflicto, unido a una crisis de pareja, hace que Paula pueda dejar de ver para siempre a Dani. Una historia que nos habla de afectos, poniendo los derechos del menor en el centro del debate y una gran pregunta: ¿qué es más importante, los sentimientos o el ADN?
Vamos a dejarlo bien claro desde el principio para que no haya margen de dudas: la familia es la base de la sociedad, y la familia está compuesta por esposo, esposa y, si Dios los concede, hijos, los cuales son un don, nunca un derecho. Pues bien, una vez que los niños han llegado, los padres tienen la obligación de cuidarlos y de anteponer sus intereses a los de éstos. Y esos intereses pasan por asegurar una estabilidad emocional a los vástagos, dejando de lado el “tengo derecho a” por el “el niño tiene derecho a”, algo que hoy en día escasea mucho. Pero claro, vivimos en la sociedad que vivimos y seríamos ingenuos si pensáramos que esa familia se mantiene para siempre. Hoy en día está muy de moda, y cada vez más por desgracia, la ruptura familiar y el posterior pensamiento “tengo el derecho a rehacer mi vida y ser feliz”, un derecho que no figura en ninguna parte, pero al que siempre se recurre y sin tener en cuenta lo que puedan pensar o sentir los hijos, obligándoles a aceptar situaciones que pueden no gustarles… o sí, pero obligándoles, al fin y al cabo.
Y de ahí sale la premisa del filme de Yolanda Centeno, autobiográfico según ella misma asegura, ya que cuenta que se vio en la misma situación que relata el metraje: el niño de un matrimonio ha aceptado con gran cariño a la novia del padre, y ésta le quiere mucho, pero el problema es que el padre y la novia hace tiempo que no sienten nada el uno por el otro y ella es consciente de que, al no haber formalizado esa relación, si ella decide irse no tiene ningún derecho a ver al niño. Las cosas son como son y ella no es parte de la familia y, por tanto, no tiene derechos ni a visitas ni a nada similar. Un vacío legal muy duro pero realista: si no quieres adquirir compromisos luego no vengas exigiendo nada.
Una voz afirma al principio que “se ha heredado lo de la familia nuclear como padre, madre e hijos, pero la sociedad ha avanzado más que la ley”, y la protagonista reconoce que “nunca hemos sido una familia”, y ahí radica la clave: no basta con quererse mucho, que está muy bien, lo suyo es hacerlo valer por escrito para tener un sustento legal. Estupendo reflejar eso en planos con Paula y Dani en el agua, una especie de vidas flotando sin nada a lo que aferrarse. Sin embargo, falta empaque general y mayor profundidad en los personajes (no aportan nada las escenas de ella yendo a un estudio de sonido para hacer no se sabe qué, indiferente para la trama y el asunto central), así como conflictos de entidad, ya que vemos cierto sufrimiento, pero no grandes consecuencias, todo está excesivamente contenido y con un clímax que parece haberse escrito deprisa y corriendo y que no deja clara su conclusión.
En todo caso se hace bien al reflejar que Dani, a pesar de su corta edad, no es tonto y se hace preguntas, las cuales ni su padre ni su madre se atreven a responder, de hecho, ella llega a decir “a mamá no le preguntes eso”, solución poco práctica y efectiva. Y el tratamiento en general es adecuado, evitando juicios pero dejando las cosas claras: lo que está atado y bien atado, funciona, lo que se deja al albur de la vida por comodidad o miedo puede no funcionar a medio o largo plazo. Una pena que Centeno meta injertos de la cultura LGTB que no pintan absolutamente nada y una muy dura blasfemia que, como siempre, es innecesaria. Al menos las interpretaciones de Juan Diego Botto y de Alexandra Jiménez son correctas, muy comedidas, dejando que los suspiros, miradas y lágrimas digan lo más importante en lugar de soltar grandes parrafadas.
También se critica, aunque muy por encima, que los niños pequeños tengan móvil, algo que también podría tener mayor profundidad que un simple “bueno, pues ya tiene móvil” dicho con frustración, pero sin repercusiones posteriores.
Así que Tras el verano es una aceptable ópera prima con una duración acertada (97 minutos) que trata un tema muy interesante pero que, sin embargo, se queda a medio gas por un ritmo muy lento, la falta de empaque general y un guion que se adentre más en los conflictos surgidos por una familia rota.
Miguel Soria