Crítica
Público recomendado: +16

Cuando uno se enfrenta a una película de terror, especialmente de terror sobrenatural, es importante la fe del espectador. No es lo mismo ser ateo que creyente a la hora de experimentar una película de posesiones. Por otro lado, está la calidad técnica y artística del filme, si el guion es fiel a los supuestos hechos o los altera, si los movimientos de cámara ayudan o no, o si la fotografía y los efectos especiales tienen un cierto nivel, como es el caso. En definitiva, la actitud cínica (también bajo piel de comedia) puede dejar pasar detalles valiosos. Vayamos por partes.
La película que nos ocupa está dirigida por el guionista estadounidense David Midell conocido por la película El asesinato de Kenneth Chamberlain (2020), disponible en Filmin. Parece ser que Midell, antes del mundo del cine, estuvo relacionado con la educación de personas con autismo y otros trastornos del desarrollo o de salud mental. Recordemos que en la película de Filmin, el protagonista también tiene un trastorno bipolar. No es de extrañar que en una película de exorcismos, el tema de lo psiquiátrico quede bien atado; es más, hay un personaje que, a pesar de todas las pruebas médicas y psiquiátricas pertinentes, insiste en no abandonar este camino. Sin embargo, la película opta con claridad por abrirse a la posibilidad de una posesión real. Más allá de la calidad el filme y del gusto personal sobre este tipo de género cinematográfico, esta postura es importante.
Se le atribuye al poeta francés Charles Baudelaire la frase: “el mayor truco del diablo es hacernos pensar que no existe”. A pesar de su fuente original, nos viene bien para nuestro análisis. Permítanme lanzar una pregunta al aire: ¿hay miembros de la Iglesia Católica que piensen que el diablo no existe? Cualquier película sobre posesiones actualiza esta pregunta. Ya les adelanto que, a pesar de los errores de The Ritual, hay detalles poderosos sobre la acción de la Gracia del Espíritu Santo y sobre la madurez de la fe que deben ser afirmados. Es cierto que la película recurre a muchos lugares comunes, y parece una producción estereotipada que no aporta nada más. Sin embargo, desde un punto de vista humano y espiritual resultan interesante varias tramas y subtramas: la evolución de la madre superiora o cómo le responde al demonio directamente, el enorme poder que supone la mera presencia de un rosario para el mal o, desde un punto de vista menos positivo, la soledad siempre recurrente en la que nos muestran a los sacerdotes.
La película está narrada con un cierto abuso de primeros planos y movimientos de cámara que más que realismo transmiten confusión. Y la estructura del filme está diseñada por capítulos, según los distintos rituales a los que se somete la joven Emma, muy bien interpretada por Abigail F. Cowen. Lo que bien podría haber sido una miniserie desarrollada con cierta calma y hondura, se convierte en un producto con un montaje mucho más acelerado que la clásica El Exorcista (1973), rapidez propia de la época tecnológica que nos toca vivir. Pero el mal no tiene prisa cuando decide actuar, sabe ser pausado y se toma su tiempo; como quizás debiera haber mostrado algún plano de más duración. De ahí que la tensión de la película esté más definida por los efectos visuales que por el drama interno de los personajes, por mucho que el guion lo trate de arreglar a última hora. Aun así, se percibe un cierto respecto visual sobre el tema.
La autoridad de la Iglesia queda algo desdibujada y sin consistencia. De la misma manera que la soledad de los sacerdotes. Sería estupendo que en más películas se viera la trama de relaciones que sostiene la humanidad de un sacerdote, de un obispo o de un cardenal, que son también personas susceptibles de las influencias del mal. Esta soledad es aprovechada en el guion para sugerir una trama afectiva entre el párroco y una monja, quizás un estereotipo más, pero quizás también parte de lo real. El personaje de Al Pacino –algo desconcertante en ocasiones–, que parece Capuchino –como lo fue el Padre Pío de Pietrelcina–, aporta una madurez más interesante, pero no se dan indicios claros de su comunidad religiosa. Aunque la soledad narrativa ayuda a un guionista en una escena de terror concreto, no debería ser al precio de no construir a los personajes con la riqueza de relaciones y pertenencias que implica la vida humana.
Hace poco se estrenó una película interesante pero muy dura, interpretada por Sean Penn, titulada Ciudad de asfalto (2023), en donde se muestra con crudeza la vida nocturna de los paramédicos. Un trabajo extremo donde el sentido de la vida o lo tienes bien arraigado o te tumba hasta el suicidio (poderosa película para arrancar un buen cine fórum). ¿Cómo ser feliz o encontrarle sentido a la vida ante tanto mal que sucede a cada minuto en el mundo? Esta pregunta clásica para filósofos y teólogos está siempre de fondo en toda película de terror sobrenatural –porque todo está en juego–. De existir el mal, su mayor éxito debe ser arrebatarnos el sentido de lo más sencillo y cotidiano. Como dice el párroco de la película que nos ocupa: Yo ya no estoy seguro de nada. A lo que responde Al Pacino: Todo es para fortalecernos por un bien más grande.
En fin, estamos ante una película quizás fallida en algunos aspectos, pero que pretende buenas intenciones, como evocar sin alcanzar al Exorcismo de Emily Rose (2005, al menos en espíritu) y que queda muy lejos de la saga de los Warren. Eso sí, la atmósfera está lograda al tiempo que la corona una estupenda referencia a San Miguel Arcángel y la cruz de San Benito. Por supuesto, no es apta para menores pero dentro de la exagerada explicitud actual, donde se regodean en cualquier detalle morboso, esta película no peca de eso, sino que permite el visionado con cierto respiro y recogimiento. Además, no es una película larga, poco más de una hora y media, lo que casi te deja con ganas de más.
Carlos Aguilera Albesa