Crítica
Público recomendado: +12
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Si algo demostró Joseph Kosinski en Top Gun: Maverick es su capacidad para transformar la emoción adrenalínica en un auténtico show. Su reto con F1 era el mismo: convertir el punto nostálgico de la gran estrella en una superproducción para todo el mundo, eso sí, profundizando lo suficiente en el drama humano. El director estadounidense aprovecha al máximo todo esto y la inconmensurable figura de Brad Pitt para hacer del deporte de motor de élite un espectáculo atractivo para el gran público. A estos elementos sumemos la coguionización de Ehren Kruger, la fotografía de Claudio Miranda y la banda sonora de un tal Hans Zimmer. ¡Que no se me olvide! Lewis Hamilton es productor.
Nos situamos frente a Sonny Hayes, encarnado por Pitt, una leyenda del volante que lleva ya un tiempo alejado de la competición. Será un viejo amigo, interpretado por Bardem, quien intentará convencerle para volver al asfalto y, de paso, dar apoyo de lujo a su escudería, en ese momento en horas bajas, mediante la mentorización de la joven promesa Joshua Pearce, a quien da vida Damson Idris. En esta potente cinta de realismo inédito se juntan conceptos clásicos como “redención” y “segundas oportunidades”, en un viaje humano que no se limita a lo convencional. Kosinski sabe que no puede conformarse con los tópicos del género, por lo que prioriza una mirada inédita al backstage, a través de catarsis dramáticas como la soledad del piloto, la presión mediática o la autodeterminación hacia el éxito o el fracaso. Evidentemente, será en el camino donde el film se encuentra con el espectador. A pesar de visitar los lugares comunes del blockbuster al uso, hay virtud en los diálogos entre personajes, sobre todo de Idris y Pitt, el juego de maestro y discípulo que permite el conflicto natural entre experiencia y juventud, hambre y ego.
La estética de F1 es absolutamente brillante, una producción de altísimo nivel que jamás se ha visto en la gran pantalla. La puesta en escena es pura adrenalina, que se nutre de las cámaras onboard, un montaje sometido al frenesí más fidedigno y una fotografía poética. ¡Nunca este deporte fue tan accesible para cualquier nicho! Especial atención al diseño sonoro, toda una experiencia alimentada por el rugido del motor, el contacto del neumático con la pista y los silencios que son de máxima tensión. Este trabajo sensorial queda perfectamente subrayado por el soundtrack de Hans Zimmer, de nuevo dado a la épica, aunque más comedido que nunca para dejar respirar.
Pasándole un filtro antropológico, podemos ver cómo la obra de Kosinski abraza temas universales ya vistos tantas veces en el cine, siendo los de mayor relevancia el perdón y la reconciliación, la importancia del grupo frente al individualismo, la humildad para asumir la caída o la misma redención. Fijémonos en Sonny, un hombre herido de culpa, ávido de sanación por un pasado turbulento. Creo acertado que la película no se pierda en la coraza del escepticismo; si bien es cierto que no es paradigma de la profundización, sí acoge la esperanza como verdadera victoria, el don de levantarse tras el fracaso como único puente hacia el triunfo personal y colectivo, estar ahí para el otro como vía de salvación y autoconocimiento.
Quede claro que F1 no reinventa el género, pero sí aporta la frescura necesaria para diferenciarse del resto de piezas, la suficiente firma autoral y unas cotas de realismo visual sin precedentes. Puede ser perfectamente el mejor blockbuster de 2025: cine para todos, pero con alma y el mayor respeto posible hacia el deporte que representa. Una nueva demostración de Kosinski de que una superproducción de este calado puede hacerse con mimo, pasión, elegancia y profundidad. ¡Una carrera vibrante y humana!
Gabriel Sales
https://www.youtube.com/watch?v=QcEHbcZCyCI&ab_channel=WarnerBros.PicturesLatinoam%C3%A9rica