Crítica
Público recomendado: +18

Cómo duele que se cancelen productos televisivos tan fascinantes como Sandman, que finalizará con las tres partes de una segunda temporada que ya está en Netflix. Los escándalos alrededor de su creador han pesado más que la ilusión por un proyecto de largo recorrido que estaba arrastrando a millones de personas. Vuelve a demostrar el nivel de una serie de televisión poderosamente onírica, visualmente deslumbrante y narrativamente ambiciosa.
Basada en la famosa obra de Neil Gaiman, showrunner y productor junto a David S. Goyer, los seis nuevos episodios nos invitan a participar de un existencialista viaje entre el inframundo de Hades, el infierno y la Inglaterra puramente monárquica. Morfeo tendrá que enfrentar las consecuencias de sus actos de la primera temporada mientras lidia con fantasmas del pasado y sus hermanos Eternos.
La estética de Sandman sigue en su segunda temporada con plenas garantías, un auténtico logro que en todos los planos acaricia la perfección. Es un prodigio digno de ser contemplado con asombro, con una fotografía que resignifica en televisión lo que es la luz y la oscuridad. El diseño de producción es un escándalo: hace de cada reino un universo independiente, sin límites para la imaginación, nutrido de unos efectos visuales de altísima categoría. Nada de lo que aparece es adorno; cada elemento tiene su peso en la historia y gira alrededor de un Tom Sturridge magnético cuya presencia te enlaza inevitablemente al destino de la raza humana.
Aunque todo tenga un sentido de ser, la ambición narrativa de Sandman puede jugarle una mala pasada de cara al público general. El guion, fiel a la esencia fragmentada del cómic, prioriza una estructura episódica que acaba siendo un vaivén de tonos, géneros y cierta dispersión en la atención. Hay bastante equilibrio entre unos y otros, aunque también es cierto que la excelencia solo la consiguen unos cuantos. El ritmo, por su parte, puede resultar algo irregular entre introspección y celeridad.
Algo interesante de esta adaptación es que, pudiendo venderse a una visión puramente demoníaca o incluso maniquea, adopta una sensibilidad especial para el bien y el camino correcto. Es ciertamente elegante, más aún cuando penetra en las esferas más sombrías de los personajes. La violencia y el sexo no son nunca gratuitos o banales; más al contrario, responden a una lógica dramática y profundamente simbólica, propia de una serie adulta, seria y nunca vulgar. Es más, esta segunda temporada explora con más énfasis la fragilidad de la persona ante el devenir de su historia; es el corazón que da sentido al resto de representaciones más “morbosas”, como las tentaciones de las deidades, la soledad y el orgullo acumulado en los seres inmortales. Sin embargo, lo que más pesa es el sentido de la trascendencia en el tiempo, el perdón y el peso de las decisiones. Siempre con esperanza.
A modo de conclusión, diría que Sandman es una epopeya visual de gran complejidad narrativa que canta al alma. No es para mentes complacientes; abraza desde la originalidad y el riesgo una incomodidad que se vuelve sublime en casi todos sus apartados.
Gabriel Sales

Licenciado en Periodismo, Máster en Comunicación y Branding Digital, Máster en Matrimonio y Familia y Máster en la Unión Europea. Apasionado comunicador y crítico de cine, personalista practicante y absoluto seguidor del séptimo arte más reflexivo. Cada película es una ventana hacia nuevas perspectivas y emociones, no subestimemos las historias que retan nuestro acomodo mental.