Crítica
Público recomendado: +13
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La tierra de Amira (Roberto Jiménez, 2025) arranca con un hecho simple: Justino (Manuel Morón), agricultor viudo y solitario, atropella accidentalmente a Amira (Mina El Hammani), una joven temporera marroquí sin papeles. El golpe no es grave, pero un esguince le impide seguir trabajando durante un tiempo en los invernaderos.
Ante la insistencia de su hermana Araceli (Pilar Jiménez), Justino la acoge en su casa hasta que se recupere. A partir de ahí, el relato se centra en esa convivencia forzada entre dos personas que no se parecen en nada.
No hay grandes conflictos ni escenas efectistas, Jiménez opta por una narración contenida, construida a base de silencios y diálogos breves, rutinas y pequeños gestos. El conjunto no explica, deja que el espectador observe. Y en esa observación paciente se va dibujando una relación marcada por la incomodidad, la desconfianza y una cercanía que avanza sin apenas palabras.
Uno de los aciertos del conjunto es que evita el discurso social explícito. Amira no es un símbolo ni Justino un modelo de solidaridad. Ambos aparecen como personas frágiles, cada una desde un lugar distinto. Él vive anclado a la tierra y a la repetición diaria; ella está de paso, sin derechos ni certezas.
Desde una mirada antropológica, La tierra de Amira habla del encuentro con el otro cuando no ha sido buscado. No hay elección, ni afinidad previa, ni proyecto común aparente: solo la obligación de compartir espacio y tiempo. El relato muestra cómo la convivencia real no nace de las ideas, sino del roce cotidiano: comer, trabajar, esperar, guardar silencio.
El título resume bien el conflicto. Para Justino, la tierra es pertenencia y herencia. Para Amira, representa la esperanza de lograr un medio propio para su supervivencia y la de su familia. Dos formas distintas de relacionarse con un mismo lugar que el film deja convivir sin subrayados ni explicaciones elaboradas.
La sobriedad es la principal virtud de La tierra de Amira, pero también su mayor riesgo. El ritmo lento y la ausencia de un conflicto dramático fuerte y explícito hasta prácticamente el final del metraje pueden desconcertar a parte del público. Sin embargo, esa contención es coherente con lo que se propone: mirar sin juzgar y aceptar la incomodidad del encuentro hasta que, poco a poco, se transforma en aprecio y afecto.
Esta propuesta recuerda, salvando las distancias y diferencias, a Gran Torino (Clint Eastwood, 2008). No obstante, aquí no estamos ante una historia de grandes gestos ni de emociones subrayadas, ni de mensajes contundentes, sino ante un retrato honesto y bien interpretado, sostenido por dos —o tres, con Araceli— personajes creíbles y profundamente humanos.
La tierra de Amira funciona cuando se la acepta en sus propios términos: como un cine pequeño, silencioso y paciente que, sin levantar la voz, plantea preguntas necesarias sobre convivencia, pertenencia, responsabilidad y el afecto hacia alguien que, en principio, es extraño y desconocido.
Larissa I. López
https://www.youtube.com/watch?v=h3BPcJ6KZNY