Crítica
Público recomendado: +14
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El debut en el largometraje del director libanés Cyril Aris, Un mundo frágil y maravilloso, sigue el recorrido vital de Nino y Yasmina, que nacieron con un minuto de diferencia, en un hospital de Beirut, sacudido por un bombardeo. En el caos que se produce en los pasillos, mientras las enfermeras trasladan a los enfermos a los refugios, Nino y Yasmina, llorando asustados en brazos de sus respectivas madres, se cruzaron por primera vez en sus vidas. Tiempo después volvieron a coincidir en la escuela y surgió entre ellos un inocente pero profundo amor de niños.
Veinte años más tarde, en medio del infortunio de una noche aciaga, Nino descubre que Yasmina, su amor de infancia que desapareció repentinamente a los siete años, está ahora ante él, con cara de pocos amigos. Hasta que también ella se da cuenta de que Nino, ese curioso personaje que los recibe con tanto humor en medio de circunstancias muy difíciles para él, es aquel niño huérfano de quien se enamoró de pequeña y del que tuvo que separarse abruptamente en el momento del doloroso divorcio de sus padres.
Entre ellos la magia se reactiva al instante, como si ese largo paréntesis de tiempo, en realidad no hubiera sido más que un soplo.
Uno de los mayores aciertos del film reside en el tratamiento de los flashbacks. Cyril Aris hace emerger los recuerdos de la infancia de los protagonistas de uno modo más próximo a la impresión sensorial que a la reconstrucción narrativa clásica: las imágenes son cicatrices en la memoria que brotan como pinceladas, fragmentarias y vibrantes; no implican una regresión nostálgica, sino el fundamento último de la relación de dos personas que nacieron para caminar juntas en la vida hacia su maravillosa isla de la felicidad.
Lejos de limitarse a la estructura convencional del melodrama romántico, desde su potente escena inicial —el nacimiento simultáneo de ambos en un hospital bombardeado—, Aris deja claro que la historia íntima de los protagonistas estará inevitablemente ligada a la convulsa realidad de su país. De tal modo que la relación de Yasmina y Nino está insertada en un paisaje marcado por las crisis sucesivas del Líbano contemporáneo: colapso económico, tensión política y agotamiento social. Sin embargo, la película evita convertir ese contexto en simple telón de fondo y construye la historia con una tensión dramática entre lo íntimo y lo colectivo, entre el pulso de una relación personal y la situación de un país en perpetuo intento de recomposición.
La historia se abre así a lo universal, pues trata de la capacidad de los sentimientos para sobrevolar las presiones externas, adaptarse flexiblemente a nuevas circunstancias, personales o sociales, y transformarse sin disolver su propia esencia. Además, aunque la trama está bien enmarcada en la cultura libanesa, los dilemas a los que se enfrentan los protagonistas tienen carácter general: ¿qué hacer ante las dificultades, irse lejos o permanecer en la tierra de sus mayores?, ¿buscar seguridad o comprometerse a pesar de los riesgos? En suma, ¿seguir creyendo que todo puede cambiar o rendirse al cansancio? Nino y Yasmina representan a tantos jóvenes que deben elegir entre la memoria y la fidelidad o la aventura de la metamorfosis para nacer a una nueva vida.
En un “mundo frágil” y vulnerable, sacudido por los embates de la violencia y la falta de horizontes, sigue existiendo una isla “maravillosa” en la que reina el amor y la felicidad. Así, la línea tangencial que sustenta toda la historia de Nino y Yasmina es una fe lúcida en el poder de las relaciones y los vínculos humanos (pareja; padres–hijos; abuelos–nietos; amigos…). La fuerza vital de una pareja de enamorados, que representa a todos los seres humanos capaces de amar con toda el alma, choca con la dureza y la violencia, pero no se deja anestesiar ni se da por vencida.
Al buen trabajo de los dos protagonistas adultos, Mounia Akl, magnífica en su papel, con una mezcla de encanto y determinación, y Hasan Akil, con una extraordinaria interpretación entre intensidad contenida y vis cómica, hay que añadir los nombres de Alex Choueiry y Mohamad Farhat (Yasmina y Nino de niños) y todo el resto del reparto. Merece destacarse la música de Anthony Sahyoun, que envuelve discretamente todo el desarrollo de la historia y se mezcla con los ruidos ambientales, en la calle o en las cocinas, suavizando así los saltos temporales de la acción a la memoria.
La película deja en el espectador la impresión de haber sido testigo de cómo una relación de amor auténtico lleva en sí misma la fuerza para alcanzar “la isla maravillosa”.
Mariángeles Almacellas
https://www.youtube.com/watch?v=b1jpI9T5Ah0