Crítica
Público recomendado: +12
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La ópera prima de Marta Viña Berbís sigue a María (Núria Florensa), una mujer que fue adoptada y arrastra las heridas de una infancia difícil; ahora debe acompañar a Anne (Ingrid Escobar), su hija adoptiva, en una experiencia semejante a la suya, de integración en una familia de adopción. A lo largo de las cuatro estaciones de un año, madre e hija no biológicas recorren un camino emocional para conseguir incorporarse cada una a la vida de la otra, enfrentándose a sus miedos, recuerdos y sentimientos de desarraigo, hasta dar vida a una familia como realidad afectiva. María tiene que aprender a acoger a la niña, adaptarse a sus ritmos de aceptación de la situación y amarla tal como es, para llegar a aceptarse a sí misma y cerrar sus propias heridas.
En la trama aparecen otros dos personajes: el marido y la hija biológica de María, Manel (Iván Massagué) y Gala (Jana Parella), pero con una función totalmente secundaria. El drama se desarrolla principalmente entre María y Anna.
Más que centrarse en conflictos externos, La memoria de las mariposas observa los pequeños gestos cotidianos, los silencios, las miradas, la observación de la naturaleza… Inevitablemente, la historia nos remite a la película de Carla Simón, Verano 1993 (1917), en la que la pequeña Frida, tras la muerte de su madre, tuvo que aprender a vivir con sus tíos. Ambas películas parten de un hecho real: Carla Simón se basó en su propia experiencia de niña huérfana acogida por sus tíos y Marta Viña se ha inspirado en la historia de su padre, que fue un niño adoptado. En ambas se destaca la importancia de la familia, el ámbito de los lazos de amor. Así, tanto en el relato de Marta Viña como en el de Carla Simón, la familia aparece no solo como un hecho biológico, sino como una relación que se construye lentamente a través de las pequeñas entregas de amor cotidianas.
Hay sin embargo una diferencia notable entre ellas: Verano 1993 hablaba del duelo infantil y estaba contada desde la mirada de una niña que afrontaba la pérdida de su madre, mientras que La memoria de las mariposas pone el acento en la herencia emocional de dos personajes de edades dispares –madre e hija adoptivas–, que, a pesar del dolor de las llagas antiguas, intentan construir juntas un vínculo nuevo.
El tiempo también es distinto entre ambas películas: en Verano 1993, el verano funcionaba como un espacio temporal de transición, desde la desorientación inicial hasta una primera aceptación de su nueva realidad. En La memoria de las mariposas, el recorrido por las estaciones del año como eje narrativo permite tratar de la evolución de cuestiones como la pertenencia, la identidad y la memoria, y subraya la idea de que sanar una herida requiere tiempo y atravesar distintas fases emocionales.
En este sentido, la cinta de Marta Viña nos remite a una película bellísima y profundamente simbólica, Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (2003), del coreano Kim Ki-duk, que utiliza las estaciones del año como metáfora de las etapas de la vida humana. Es decir, en las tres películas, el tiempo no es un simple marco cronológico, sino un elemento que permite la transformación interior de los personajes. En el caso de Marta Viñas, con una mirada más íntima y relacional, el paso de las estaciones acompaña los cambios afectivos de los dos personajes, mientras que Kim Ki-duk propone una reflexión sobre la condición humana en general.
Marta Viña ha sabido ofrecer una película, bella estéticamente, sobre sufrimiento y vínculos, pero de forma tan contenida que, si bien no cae en el melodrama, tampoco consigue involucrar al espectador. La memoria de las mariposas resulta grata de ver pero no establece vínculos entre los personajes y el público.
En todo caso, es un debut prometedor para la joven cineasta catalana.
Mariángeles Almacellas
https://www.youtube.com/watch?v=FoYoMwxgmAU