Crítica
Público recomendado: +16
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Eleonora Duse, la divina (Pietro Marcello, 2025) se acerca a los últimos años de la gran actriz italiana Eleonora Duse (Valeria Bruni Tedeschi). En lugar de recorrer toda su trayectoria, la película la encuentra en un momento muy concreto. Después de años alejada del teatro, decide volver a los escenarios pese al cansancio, la enfermedad y la sensación de pertenecer a un mundo que está desapareciendo.
La historia transcurre a comienzos de los años veinte del siglo pasado. Europa todavía intenta recuperarse de la devastación de la I Guerra Mundial y en Italia empiezan a percibirse los cambios culturales y políticos que acompañarán el ascenso de Mussolini.
Ese clima de incertidumbre y duelo colectivo está presente a lo largo del metraje. Las imágenes documentales que se intercalan en distintos momentos, mostrando homenajes a los caídos, recuerdan que la experiencia de Eleonora Duse no se desarrolla al margen de la historia, sino en una sociedad marcada por pérdidas recientes y profundas transformaciones.
Pietro Marcello acompaña a la actriz en esta etapa final de su vida sin convertirla en un monumento. Más que insistir en su fama o en sus éxitos pasados, le interesa mostrar a una mujer para quien el teatro sigue siendo una necesidad vital. El escenario parece ser el único lugar donde todavía se siente plenamente ella misma, lo que convierte su regreso en algo más complejo que una simple decisión profesional. Lo que está en juego no es únicamente una carrera artística, sino la búsqueda de aquello que permanece cuando la juventud, el éxito y las capacidades físicas empiezan a desaparecer.
Esta producción italiana aborda también el envejecimiento desde una perspectiva poco habitual. Más que insistir en el deterioro físico, muestra la experiencia de sentirse desplazada por un mundo que cambia a gran velocidad. Duse pertenece a una generación y a una forma de entender el arte que parecen ir quedando atrás. No obstante, el guion evita convertirla en una víctima de la nostalgia y presenta a una mujer consciente de la transformación de su tiempo, que intenta encontrar su lugar dentro de él.
Esa dedicación casi absoluta al teatro tiene también consecuencias en el terreno personal. La propuesta sugiere que la vocación artística, cuando ocupa el centro de toda una existencia, puede dificultar la construcción de determinados vínculos y dejar heridas difíciles de reparar. Sin convertir este conflicto en el eje principal del relato, se deja entrever el coste humano que puede esconderse detrás del reconocimiento y del éxito profesional.
Ese coste se percibe especialmente en la relación de Eleonora con su hija, Enrichetta. La joven desea que su madre pase con ella y sus hijos los últimos años de su vida en Londres, pero la actriz se resiste a abandonar los escenarios. A esta distancia se suma la presencia constante de Désirée, la asistente que acompaña a Duse en su día a día, que ocupa un espacio de intimidad al que su propia hija apenas tiene acceso.
La relación entre madre e hija está marcada por una cierta incomprensión. Enrichetta no alcanza a entender del todo la personalidad de su madre y, en ocasiones, percibe en ella una intensidad casi perturbadora, como ocurre en la escena en que dramatiza la historia de Pinocho para sus nietos.
Desde una perspectiva antropológica, resulta especialmente interesante la forma en que el filme presenta el arte como una búsqueda de trascendencia. El teatro aparece como algo más que una profesión o una forma de expresión, un verdadero “templo” que ella misma quiere hacer construir. Para la artista supone una manera de resistirse al olvido, de dejar una huella que sobreviva al paso del tiempo. El relato no ofrece respuestas explícitas a estas inquietudes, pero sí muestra cómo detrás del deseo de seguir actuando existe una búsqueda más profunda de significado.
En una de las secuencias, Benito Mussolini ofrece a Eleonora, llena de deudas, una pensión. Los rótulos finales añaden una última capa de significado a este hecho, recordando que la actriz rechazó la oferta para trasladarse a Estados Unidos y seguir actuando. Se trata de un gesto que revela hasta qué punto la actriz se había convertido ya en un símbolo nacional en su país.
Visualmente, el largometraje apuesta por una puesta en escena elegante y contenida, con especial atención a la ambientación y vestuario de época y a los estados emocionales de la protagonista. Se trata de una película claramente contemplativa, más interesada en observar a su personaje y acompañar sus silencios que en construir una narración de ritmo ágil. Esta elección le aporta profundidad y coherencia con la figura que retrata, pero también la aleja de los gustos del gran público. Quien espere una biografía convencional o una sucesión constante de acontecimientos probablemente la encuentre demasiado pausada, mientras que los espectadores más receptivos a un cine de observación encontrarán ahí buena parte de su atractivo.
El trabajo interpretativo sostiene buena parte del conjunto. Valeria Bruni Tedeschi transmite con convicción la mezcla de fragilidad, orgullo, determinación y vulnerabilidad que caracteriza a Duse durante esta etapa de su vida. Gracias a ello, la propuesta logra acercar al espectador a una figura histórica que podría resultar lejana para quien no conozca previamente su trayectoria.
En conjunto, Eleonora Duse, la divina ofrece una reflexión original sobre el paso del tiempo, la vocación y la identidad. Sin embargo, su apuesta por la solemnidad y la contemplación acaba jugando en ocasiones en su contra. La obra contiene ideas valiosas y momentos de indudable belleza, pero el ritmo pausado y el escaso dinamismo de la acción hacen que esas inquietudes no siempre lleguen con la fuerza que merecen.
Larissa I. López
https://www.youtube.com/watch?v=BBtyJFOEJD8