Cosas que no olvidaré 

Crítica

Público recomendado: (+12)

Basada en la vida real de la familia Piccoli, se cuenta la historia de Paolo (Edoardo Leo) a quien a los 40 años le diagnostican un alzhéimer precoz que en unos meses le hará olvidar todo. Paolo decide hablar con su jefe para poder dedicar más tiempo a lo que verdaderamente le importa: su mujer Michela (Teresa Saponangelo) y su hijo, Mattia (Javier Francesco Leoni). Las conversaciones giran en torno a momentos vividos en el pasado: el día de su boda, que nevó; el día que la pareja se conoció en una discoteca, etc. Esos recuerdos ocasionan montajes en paralelo entre el presente y el pasado, que dan variedad visual y ritmo a las escenas, aunque en alguna también hay algo de confusión. 

Las situaciones y conversaciones resultan fluidas, con muchos instantes felices y también sombras que poco a poco van acercando a la familia a la inevitable tragedia. Un inquietante y misterioso personaje aparece en algunos sucesos, provocando una incomodidad perturbadora que parece presagiar la llegada de lo ineludible. 

La película está dirigida por Alessandro Aronadio, Ya era hora (2023), Orejas (2016). El director ha trabajado como guionista durante muchos años para cine y televisión. El guion está firmado por él, junto a Ivano Fachin y Renato Sannio y resulta una historia dura, pero llena de fuerza y vida, y hábilmente aderezada de toques de humor, dignos de un escritor experimentado en la comedia. 

El protagonista se enfrenta a peripecias que le van transformando -a él y a su familia- mientras viven momentos ordinarios, pero llenos de luz, como cuando padre, hijo y tío juegan con una pelota en la playa, al atardecer. En el periplo se recopilan consejos para la vida: “no quiero oír eso de ‘no puedo’” (cuando el hijo se siente incapaz de conducir el coche), “no seas tacaño con el relleno” (preparando un plato de pasta) “y eso también vale para la vida”. O el feroz canto “nunca he amado tanto la vida” de la ópera Tosca de Puccini que parece clavarse en el alma de Paolo y Michela mientras lo escuchan.

La película cuenta con unas interpretaciones de calidad que logran un relato creíble, un trabajo de la cámara interesante, al que contribuye una cuidada estética y el sonido, que enriquece con eficacia algunos momentos relevantes. Hay también guiños al Séptimo Arte a lo largo de la historia, que se ven con agrado, aunque podrían haberse integrado un poco mejor en el relato. Paolo y Michela son amantes del cine —amor que transmiten a su hijo— y hacen homenajes a clásicos de la pantalla, especialmente del slapstick y la comedia.

Entretenida tragicomedia, grabada con sensibilidad y destreza, que muestra cómo plantar cara a los peores reveses de la vida, con cariño y humor y que, además, irradia un profundo amor por el arte de contar historias. 

Javier Figuero Espadas

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