Crítica
Público recomendado: +16 años
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El avión como espacio cerrado del que no es posible escapar ha dado al cine de terror y ciencia ficción algunas de sus premisas más eficaces. Hay algo primario e irrenunciable en el miedo a volar: la certeza de que a diez mil metros de altura uno está completamente a merced de las circunstancias. Ese temor, combinado con la irrupción de lo sobrenatural, fue el motor de Pesadilla a 20.000 pies, el célebre episodio de La dimensión desconocida que protagonizó William Shatner en 1963. Más de sesenta años después, Black Box: Vuelo 298 aspira a explotar esa misma angustia claustrofóbica, aunque con resultados bastante menos memorables.
Steven Quale, director de la película, ha construido su carrera a la sombra de James Cameron. Fue su director de segunda unidad en Titanic y en Avatar, y junto a él codirigió el documental Aliens of the Deep. Cuando Cameron se tomó un prolongado descanso entre proyectos, Quale dio el salto a la dirección en solitario con Destino Final 5, una entrega que logró revitalizar la franquicia con oficio y cierto desparpajo, y prosiguió con En el ojo de la tormenta, una película de catástrofes con tornados que, sin alcanzar la escala de los clásicos del género, ofrecía un espectáculo honesto de serie B. Hablamos, en definitiva, de un cineasta que conoce el terreno del cine de género y de catástrofes, aunque nunca haya demostrado una personalidad autoral especialmente marcada.
Black Box: Vuelo 298 parte de un concepto prometedor: el vuelo comercial 298 de Vero Airlines, que cubre la ruta de Nueva Orleans a Seattle, pierde el contacto con la torre de control y comienzan a producirse fenómenos inexplicables a bordo. Luces extrañas en el cielo, fallos en los sistemas electrónicos, comportamientos anómalos entre los pasajeros. La película adapta el cortometraje Vessel (2012) de Clark Baker, un corto con cierta reputación que los creadores de Stranger Things ayudaron a producir, y cuyo guion ha desarrollado Stephen Susco, responsable de las adaptaciones americanas de The Grudge y de Hell Fest.
El principal acierto de la película reside en sus dos primeros tercios. Quale consigue construir una atmósfera de tensión claustrofóbica aprovechando con inteligencia las limitaciones del espacio —pasillos estrechos, cabina en penumbra, ausencia de escapatoria— y dosificando con habilidad la información sobre lo que está ocurriendo. Hay una paranoia creciente entre los pasajeros, una sensación de vulnerabilidad permanente y un misterio lo suficientemente sugestivo como para mantener al espectador alerta. El recurso parcial al found footage —a través de los móviles y las cámaras de los pasajeros— añade una capa de inmediatez que, aunque no aporta demasiada novedad a estas alturas, funciona dentro de la lógica del relato.
El problema, como sucede con frecuencia en este tipo de propuestas, es que la película funciona mejor mientras sugiere que cuando explica. Cuando el misterio se desvela y la amenaza adquiere forma concreta —un giro hacia lo extraterrestre que cruza la delgada línea entre el suspense eficaz y el absurdo involuntario—, la tensión acumulada se disipa con una rapidez preocupante. El tercer acto resulta apresurado y caótico, como si el guion no supiera exactamente qué hacer con la revelación que tanto se había esmerado en preparar. Y ahí es donde se nota, inevitablemente, que estamos ante un largometraje construido a partir de una idea que funcionaba a la perfección en formato corto pero que, al estirarse hasta los ochenta y cinco minutos, busca desesperadamente nuevas formas de mantener al espectador dentro del avión.
Resulta obligado mencionar, a propósito del título, la estupenda Black Box francesa dirigida por Yann Gozlan en 2021, un thriller de investigación aérea protagonizado por Pierre Niney que demostraba todo lo que se puede hacer con una premisa similar cuando se cuenta con un guión riguroso y una dirección con verdadera personalidad. La comparación no favorece en absoluto a la propuesta de Quale, que carece de la sofisticación narrativa y la ambigüedad moral que hacían de aquélla una película realmente estimulante.
El reparto, compuesto por rostros poco conocidos —Tom Brittney y Holly White en los roles principales—, cumple con la sobriedad que exige el género sin llegar a destacar. Ninguno de los personajes consigue despertar una verdadera empatía en el espectador, lo cual resulta especialmente dañino en una película que debería hacernos temer por la suerte de quienes están a bordo. La excepción es la joven Molly Belle Wright, que aporta una naturalidad refrescante en su papel y que, curiosamente, es la intérprete con mayor recorrido del elenco. En el apartado técnico, los efectos especiales —en particular el diseño de la criatura y las imágenes exteriores del avión— evidencian las limitaciones presupuestarias de la producción y restan credibilidad a una propuesta que necesitaba un acabado visual más sólido para sostener su ambición.
Black Box: Vuelo 298 no es, en rigor, una mala película. Es, más bien, una película que no consigue estar a la altura de su propia premisa. Tiene ritmo, un primer acto eficaz y la virtud de la brevedad —apenas hora y media—, lo cual la convierte en un entretenimiento pasajero para amantes del género que no le exijan demasiado. Pero uno sale del cine con la sensación de que la idea merecía una ejecución más ambiciosa, un guión más trabajado y un director capaz de imprimir una personalidad que Quale, artesano competente pero no mucho más, no posee. El miedo a volar ya contiene una angustia reconocible y universalmente compartida; añadirle un elemento sobrenatural debería haber permitido llevar esa inquietud a lugares mucho más perturbadores. Lástima que este vuelo aterrice sin dejar demasiada huella.
Jaime Paricio Sánchez