Mis queridísimos padres

Crítica

Público recomendado: +12

Ya que esta Mis queridísimos padres, exitazo de taquilla en su país de origen, no tiene demasiado compango (aunque divertida es un rato y se degusta como un Pastis), permíteme empezar in medias res, pero no narrativa, sino desde un eslabón de la industria del cine del que nunca se habla: la distribución, esto es, quienes “llevan” (a veces bajo palio, otras en un carromato de cómicos) las películas a las salas de exhibición. Y una de las mejores cosas que le ha pasado a la sagrada cadena de valor audiovisual es la creación, en 2009, de A Contracorriente Films, la distribuidora y productora boutique fundada por el todo-cineasta Adolfo Blanco, otra de las mejores cosas que le ha pasado al cine español y europeo.

A Contracorriente, como su propio nombre ya nos avisa, se decantó desde sus inicios por una línea editorial orientada al cine de nicho, básicamente de autor y europeo, pero sin desdeñar un producto eminentemente comercial pero muy diferente al que nos trae el tío Sam.

A Contracorriente suele pescar en el cine francés y, ya se sabe, Francia es un gran azul repleto de peces.

Bajo esta opción fundamental, Adolfo y todo su equipo han conducido su galera a contramarcha de los mares, calmos, embravecidos las más veces, echando premios a sus redes y haciéndonos disfrutar a todos los cinéfilos de España de ese cine, más escondido y que difícilmente puede llegar a las grandes pantallas, si no es por su excelente labor como distribuidor y exhibidor.

Y en el último estreno que nos traen, Mis queridísimos padres, no estamos hablando, ni mucho menos, de una película francesa de autor, ni siquiera esquinada, como la rara joya Cuando cae el otoño, sino una comedia mainstream, con un último acto cercano al esperpento y que inevitablemente cae del lado de lo inverosímil. Pero, y eso ya es mucho, es un producto industrial ideal para digerir tantas odiseas vacuas, muy al estilo Christian Clavier –el Resines francés-, un poquito burguesas, protagonistas ‘pel de ric’ (el mítico André Dussollier), al que le da réplica ni más ni menos que el charme hecho mujer, Miou- Miou. Feel good movie claramente aspiracional, dirección artística en Saint-Rémy-de-Provence by Luisa Olazábal, que hace parecer a tu apartamento una madriguera de ratones de campo, cárdigans de cashmere, paseos en bici entre siglos de gloria, chimeneas de piedra crepitantes y borgoñas en copas pequeñas. Todo un andamiaje destinado a un público algo caviar, pero con clara vocación del llamado “cine familiar” con una pizca de veneno. Qué suerte tienen nuestros vecinos del norte, con su exquisito continente y ese je ne sais quois de las narices. No necesitan más para suspender nuestra incredulidad y dejarnos llevar por la maravilla. Eso es el cine.

Pero ¿y de qué va? No lo he puesto hasta aquí porque más o menos ya te lo sabes: adaptación de la exitosa obra teatral Chers Parents, que su propio autor lleva al cine, una estupenda pareja madurita, padres bien posicionados como profesores jubilados, se posicionan todavía más al ganar 150 millones de euros en la lotería. Convocan entonces a sus hijos, unos egoístas de tomo y lomo, y les ofrecen, sin ninguna obligación de hacerlo, las migajas del botín. Todo bien, hasta que los tres retoños se enteran de la cuantía del premio, se disfrazan de aves carroñeras, y ahí empieza el disparate.

Sin cargar mucho las tintas, el descacharrante tono narrativo de Mis queridísimos padres es acolchado y fácil de seguir, aunque encierra alguna idea luminosa, posiblemente bastante tradicional, sobre los sesgos familiares, la supuesta obligación de los padres por mantener y obsequiar con chucherías a unos hijos -ya talluditos- . Lo resume bien Vincent, el patriarca: “Nos ha ido bien en la vida y por eso os habéis vuelto exigentes. Pero os queremos”. 

El solomillo (de jabalí, otro de los protagonistas del enredo) de este filme está, pues, en un inteligente análisis sobre el poder destructor del dinero, del egoísmo implícito de las relaciones familiares en esta sociedad y los trampantojos sentimentales que hacen a uno tener sentimiento de culpa sin haber hecho nada malo. La carne se adereza con los inevitables gags, muy bien cosidos a la trama, algo verbosa, como corresponde a una adaptación teatral.

Cualquiera que haya estado diez minutos en una sala de cine sabe cuál va a ser la presentación y nudo de Mis queridísimos padres, no tanto el desenlace, que es imprevisible e incoherente; pero, como suele decir Adolfo Blanco, este estreno no va a cambiar la historia del cine ni se quedará en sus estanterías. Aun así, el director y guionista Emmanuel Patron nos ofrece hora y media -no necesita más- de delicioso macaron francés.

Que no es poco, insisto

Gracias Adolfo una vez más. 

Ignacio Ruiz de Gauna

https://www.youtube.com/watch?v=BrFWxxhhDAw

 

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