Crítica
Público recomendado: +12
![]()
A la joven Otone (Haruka Ayase), arquitecta, y a su marido Kensuke (Daigo Yamamoto), constructor, les ha llegado a casa la propuesta de ReBirth. Esta es una empresa que, con el uso de la inteligencia artificial y otras tecnologías de punta, ofrece a aquellos en duelo la espeluznante oportunidad de recrear a su ser querido en un humanoide que se ve, habla y comporta como aquel, gracias a las fotos, vídeos y demás información aportada al algoritmo. Otone y Kensuke perdieron a su hijo Kakeru, de siete años, hace dos. A Kensuke no le gusta la idea, pero Otone parece dispuesta a probar. Y lo hacen. Kakeru (Rimu Kuwaki) llega con su caja-cargador y «mamá» lo acoge con cariño mientras «papá» lo compara con una Roomba. Las instrucciones de uso son muy parecidas a las de un gremlin: no se moja, no se alimenta.
Podríamos estar perfectamente ante otra (mala) película de terror como M3ghan (Gerard Johnstone, 2022), pero ese no es el tono. Parece que estamos ante un drama de pareja y veremos, entonces, cómo un matrimonio se desmorona o supera la muerte de un hijo. Asimismo, la cuestión tecnológica nos sitúa más bien ante una película de ciencia ficción que indaga en la naturaleza humana y se pregunta si la IA «tiene alma». Avanzada la historia, aparecerá otra línea argumental afín a un thriller: un joven extraño ofrece a Kakeru y a otros humanoides un nuevo hogar, lejos de sus «padres». Pero Sheep in the box (2026) está dirigida por Hirokazu Koreeda, ese señor afable que hace películas dramáticas agridulces, que con ternura reivindica cada tanto al descarriado y que, haciendo familia donde no la había, nos hace ver que todos somos redimibles. El problema es que este motif «koreediano» parece querer abrirse paso en una casa que, por estar ya demasiado llena, no acaba por encontrarle un hueco.
Sabemos de qué va la historia, pero no a qué va, ni ella, ni Koreeda. El título, «oveja en la caja», es una referencia a El principito de Saint-Exupéry, libro que mamá y humanoide leen juntos. «¿Cómo se sabe que hay una oveja dentro de la caja, si no pueden mirar dentro?», pregunta Kakeru. Esta y otras alusiones más directas al alma están por toda la película, como cuando un carpintero amigo de Kensuke le cuenta al humanoide acerca del «alma» de los árboles y su «vida» después de ser talados. Otra temática importante son las genealogías familiares, tanto de personas como de árboles: aparecerá de repente la madre de Otone de visita con su otra hija y, como cabe esperar, se desmayará al ver a su «nieto».
En este batiburrillo de referencias y géneros, tonos y temáticas, se echan de menos unas cuantas explicaciones, como por ejemplo la circunstancia de la muerte del niño, o de dónde sale el vínculo con el resto de humanoides que se agrupan como los Niños Perdidos del País de Nunca Jamás. Y, por el contrario, a veces sobran: Koreeda pone «Tal vez en la caja no haya estado Kakeru, sino yo» en boca de la madre, por si no nos había quedado claro. La consecuencia es que, al llegar la resolución, nos sentimos un poco maldirigidos, como si nuestro guía nos hubiese llevado a los lugares clave del tour hablándonos de lo bien que le sienta tomar melón por la noche.
La dirección a los niños actores es, como siempre, maravillosa. Sheep in the box tiene un inicio fuerte y atractivo, pero por desgracia se pierde al abrir demasiados frentes y resulta obvia, incluso cursi. Es una lástima que este cineasta acostumbrado a otorgar la gracia a todos sus personajes, viciosos y virtuosos por igual, no haya encajado bien este puzle, sobre todo después de sus perfectamente armónicas Broker (2022) y Shoplifters (2018).
https://www.youtube.com/watch?v=X6B1KuyjHD4
Narcisa García