Street Fighter

Crítica

Público recomendado: +18

Algo se mueve en el mundo de las adaptaciones a la gran pantalla de famosos videojuegos. Hace poco hemos podido ver versiones más que adecuadas de Super Mario Bros y Mortal Kombat, bastante mejores que las hechas hace décadas, y ahora volvemos con otra franquicia que tuvo adaptación hace mucho, Street Fighter, y de nuevo acierta (en su justa medida).

Ambientada en 1993, los alejados Street Fighters Ryu (Andrew Koji) y Ken Masters (Noah Centineo) son lanzados de nuevo al combate cuando la misteriosa Chun-Li (Callina Liang) los recluta para el próximo Torneo Mundial de Guerreros: un brutal choque de puños, destino y furia. Pero detrás de esta batalla se esconde una conspiración mortal que los obliga a enfrentarse entre ellos y a los demonios de sus pasados. Y si no lo hacen… ¡FIN DE LA PARTIDA!

Street Fighter, el juego original de 1987, no se caracterizaba por tener un guion muy elaborado como podría ser un Uncharted, Metal Gear Solid o Final Fantasy, con giros interesantes y personajes profundos. Para los más jóvenes, informarles de que se trataba de ganar un combate mundial enfrentando a uno contra uno, aunque es verdad que cada personaje tenía un mínimo de historia, pero es eso, mínimo. Empezó como un arcade (sí, esas maquinitas en las que metías una moneda y jugabas contra una máquina trucada para dificultarte el éxito, se siguen pudiendo encontrar en muchos centros comerciales), siguió como juego para consolas y evolucionó en forma de cómics, series y, por supuesto, la película de 1994 dirigida por Steven E. de Souza y protagonizada por Jean-Claude Van Damme y Raul Juliá, muy cutre pero hoy convertida en película de culto. Hubo otra en 2009 llamada Street Fighter: La leyenda de Chun-Li, de Andrzej Bartkowiak, pero no tuvo pena ni gloria y muchos ni la conocen.

Pero claro, los grandes clásicos siempre vuelven y esta vez se han hecho las cosas bien para que funcione como Dios manda, esto es, con combates espectaculares, personajes clavados a los del videojuego y, lo más importante, con los movimientos especiales que tan famosos se hicieron, especialmente el “hadoken”, que por fin se ve como se debía en todo su esplendor.

Así que el director Kitao Sakurai, con guion propio y de T.J. Fixman, y con producción de Jason Momoa (quien tiene un cameo pero está tan lleno de maquillaje y CGI que apenas es reconocible) dan una historia mínima con personajes arquetípicos, diálogos lapidarios y muchísimo humor. Y acierta totalmente al entregar un prólogo hecho en animación de estilo japonés y meter secuencias de cuando en cuando en ese formato. Hasta se atreve a destacar que el mal siempre proviene del que se sabe que fue el primer pecado de la humanidad: la envidia.

Los efectos especiales son punteros, los combates son realmente espectaculares y los actores están muy metidos en sus papeles (atención a David Dastmalchian, actor de rostro inquietante al que por fin se le da cancha con un villano absolutamente arquetípico al que clava), hay miles y miles de guiños para los fanáticos y un ritmo trepidante que hace que los casi 120 minutos se pasen volando. ¿Las pegas? Por una parte, tener que conocer el juego (y haberlo sufrido) para disfrutar del metraje en su plenitud y, por otra, un doblaje muy maleducado con multitud de blasfemias.

De tal forma que, como siempre digo, “cuando una persona adulta, en su sano juicio, va a ver una película que se llama ‘Street Fighter’, sabe perfectamente lo que va a ver”. Y eso es exactamente lo que se ofrece, junto con una puerta abierta para secuelas. Lo mejor y lo peor que se puede decir es lo mismo: que es sincera consigo misma y nunca se toma en serio. Y, como es evidente, solo para fans del original que sean adultos por su alta violencia.

Miguel Soria

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