El gran guerrero

Crítica

Público recomendado: +16

Al margen de que gusten más o menos o estén en mayor o menor sintonía ideológica con el público general, qué importantes son obras como El gran guerrero, que rompen la barrera del acomodo para presentar una propuesta diferencial en forma y fondo. La nueva miniserie de Apple TV+ se convierte en la primera epopeya polinesia de la plataforma: nueve episodios limitados que recuperan, con rigor histórico y valor artístico, la etapa de la unificación de Hawái, sin edulcorar pasajes, abriendo la herida para que se vea la sangre entre tensiones tribales e influencia colonial. Jason Momoa (también protagonista) y Thomas Pa’a Sibbett figuran como creadores de una ficción que reivindica sin trampas. Se suma en la dirección la sensibilidad cruda e indie de Justin Chon y, en la composición musical, nada menos que Hans Zimmer.

Chief of War nos narra el ascenso de Ka‘iana, un guerrero arrastrado por la promesa de unidad, la fragilidad de la lealtad y las cicatrices de la identidad hawaiana. La serie pone el foco en lo indígena para dar visibilidad a una cultura olvidada por las grandes producciones, pero siempre desde la perspectiva del mito caído; es decir, sin caer en el morbo de la heroicidad exotizada.

Uno de los grandes logros de esta producción es su ambicioso apartado estético, marcado por planos abiertos que dejan respirar el dramatismo que impregna el relato, paisajes volcánicos de tono documental y un vestuario fiel que dota de credibilidad y autenticidad a la historia. Dicha pretensión visual brilla también en los detalles captados por la cámara: el barro, la ceniza y los distintos elementos que cargan la riqueza cultural nativa. En la misma línea, el uso del idioma hawaiano rompe con el clásico decorado hollywoodiense. Asimismo, la crudeza cobra un papel importante, sobre todo en las secuencias de batalla: realistas, nunca hinchadas pero siempre rotundas, violentas sin gratuidad. Y, cuando aparece el sexo explícito, está vinculado a ritos o al poder exacerbado, nunca de manera banal.

Por su parte, el guion sorprende con un propicio y diferencial equilibrio entre conceptos grandilocuentes, contemplativos e íntimos. Sin estar del todo pulida, la escritura de El gran guerrero no teme invertir minutos en los diálogos indígenas o en la carga de la tradición; una decisión narrativa que quizá pese a los más fanáticos de la épica como puro espectáculo. Esta sensación de pausa queda latente en la estructura en espiral, que entremezcla avances, flashbacks y un sentido pleno de construcción de tramas. Los capítulos exigen paciencia para degustar las capas existenciales de unos personajes complejos.

Otro de los pilares de Chief of War es su relato, que gira en torno a valores como el sacrificio, las raíces y el duelo de la pertenencia. Huyendo del alegato vacío, la serie cuestiona la búsqueda a toda costa de la unidad y reflexiona, sin moralismos, hasta qué punto el éxito colectivo puede justificar traiciones, asesinatos y enfrentamientos entre iguales. Por eso, nunca cae en la romantización de la lucha; más bien al contrario, perfila la fragilidad humana en su camino de trascendencia.

El gran guerrero es imperfecta: tiene fisuras narrativas, quizá abuse de regodearse en sus imágenes y tropiece en algún desequilibrio de ritmo. Pero cumple en lo fundamental: agita y encandila. Sin blanquear ni infantilizar al público, mira de frente a la historia. Una cita obligada para los amantes del género que persigan algo más de conversación sobre memoria y redención.

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