Crítica
Público recomendado: +18
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Belleza y apariencia es un tema recurrente en las artes: ¿hasta dónde llegarías para aparentar la belleza que crees que no tienes?, ¿está justificado aparentar y pretender ser otro? Por otra parte, ¿la belleza exterior implica belleza interior? Cuestiones muy interesantes abordadas en películas tan dispares como La Bella y la Bestia de la factoría Disney (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1992) o en El hombre elefante (David Lynch, 1980) pasando por Abre los ojos (Alejando Amenábar, 1997) entre otras muchísimas, y ahora llega Aaron Schimberg, tanto en la dirección como en el guion, con su obra A Different Man para ofrecer una vuelta de tuerca.
La película sigue a un solitario neoyorquino, Edward (Sebastian Stan), al que se le ofrece una rara oportunidad de reconfigurar su rostro, de renacer en una realidad diferente. Pero cuanto más cambian las cosas en la vida de Edward, más cosas permanecen alarmantemente igual. Sí, puede convertirse físicamente en un hombre diferente, salir de los confines de su piel y empezar de nuevo como alguien irreconocible para su antigua vida, pero no puede escapar a la sorprendente broma cósmica de que sigue sin ser quien quería ser, y que ese asombroso cambio le arrastra a una pesadilla cada vez mayor.
Quien quiera ver a Sebastian Stan, James Buchanan “Bucky” Barnes en el Universo Cinematográfico Marvel, en un papel absolutamente distinto y brillante, esta es su película. De hecho, ha ganado el Globo de Oro como mejor actor principal y no sin motivo. Aquí no hay brazos metálicos ni intensas persecuciones ni nada que se le parezca. Stan apuesta por un registro físico y psicológico alejado ya que durante mucho rato lleva una inmensa prótesis facial para aparentar neurofibromatosis, y a esa apariencia acompaña una interpretación muy comedida e introvertida (a excepción de unos minutos del metraje).
Hay que reconocer que lo hace realmente bien, que se ha empapado de su personaje y resulta absolutamente convincente, a lo que también ayuda que sus réplicas lleguen de dos actores que están estupendos: Renate Reinsve como Ingrid Vold, la guapa vecina recién llegada de la que se enamora, pero nunca lo dice (recuerda mucho, salvando las distancias, a cómo empezó la divertida serie Big Bang Theory con dos de sus protagonistas Leonard y Penny), y Adam Pearson como Oswald, este último con la enfermedad real, nada de prótesis. Sin duda roba la función Pearson gracias a un papel lleno de alegría y vitalidad que resulta en la otra cara de la moneda de Edward: Oswald triunfa gracias a no tener miedo y ser capaz de reírse de sí mismo.
Schimberg escribe un libreto con interesantes reflexiones sobre la tolerancia y el respeto hacia los demás, sobre todo los físicamente más desfavorecidos, pero sin caer en sentimentalismos ni dramas, siendo directo y sincero. Y a la vez advierte “ten cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad”, mostrando cómo pretender ser otra persona y traicionarte a ti mismo no lleva a nada bueno, es mejor aceptar lo que Dios te ha dado y, como dice el Evangelio, cultivar tus talentos para multiplicarlos, lo que hace el personaje de Oswald. Muy bien jugados esos momentos con espejos y reflejos, y esa estupenda esa secuencia de transición entre el antiguo rostro de Edward y el nuevo, dando a entender que esa nueva vida que empieza puede ser, de hecho, una mentira en sí misma. Y la mentira, con el tiempo, no lleva a nada bueno.
Sin embargo, y a pesar de sus indudables aciertos, sí se le puede reprochar al director una explícita secuencia sexual que no aporta gran cosa porque el mensaje de la supuesta nueva realidad de Edward y las superficiales intenciones de Ingrid habían quedado claras desde el principio. También por desgracia se apunta a la moda de poner en valor y como algo bueno el matrimonio en segundas nupcias tras el divorcio, en lugar de intentar reconciliarse.
Por todo ello A Different Man es una película recomendable, pero solo para adultos, que trata muy bien temas sobre la autenticidad, la personalidad, la aceptación de uno mismo y el respeto hacia los demás. Una apuesta distinta y agradecida entre tanta acción y frenetismo que suele inundar las carteleras de los cines.
Miguel Soria