Crítica
Público recomendado: + 16

El doctor Olivier Béranger (Christian Clavier), un prestigioso psicoanalista de París, goza de una vida feliz, tanto en su actividad profesional, como en su vida privada, con un matrimonio estable con Paloma (Cristiana Réali), su esposa, y una hija Alice (Claire Chust), a la que adora. Sólo hay una sombra en su vida apacible: se trata de un paciente complejo, Damien Leroy (Baptiste Lecaplain), con el que no consigue ningún resultado y ya no sabe cómo quitárselo de encima. Finalmente, para librarse de él, le dice que la única forma de curarse, será encontrar el amor.
Algunos meses más tarde, el matrimonio Béranger está preparando la fiesta de su treinta aniversario, para la que cuenta con la presencia de familiares y amigos en su preciosa casa familiar en la ciudad francesa de Thonon-les-Bains, al borde del lago Léman. Alice comunica a sus padres que se ha enamorado y que ha invitado a su novio a la fiesta, para que lo conozcan sus padres y todo su entorno familiar. Alice habla también muy seriamente con su padre y le hace prometer que no va a inmiscuirse como ha hecho siempre con sus novios anteriores, a los que ha examinado, psicoanalizado y, finalmente, alejado de su hija.
Lleno de buenos propósitos, Oliver se apresta a conocer a su futuro yerno, pero cuál no será su sorpresa y su desconcierto cuando se encuentre con Damien Leroy, su antiguo paciente. Tampoco para éste resulta cómoda la situación, porque le había ocultado sus neurosis y sus intentos de suicidio a su novia, de modo que puede ser presa fácil del chantaje de su ‘suegro’. Olivier había dado palabra de no intervenir para nada con el novio de Alice pero ahora, en las actuales circunstancias, se siente atrapado, entre la promesa hecha a su hija y la realidad que conoce sobre Damien.
El director Arnaud Lemort vuelve a contar con Christian Clavier, cinco años después de su comedia Un verano en Ibiza (2019). En esta ocasión, lo asocia con el actor cómico Baptiste Lecaplain para una nueva farsa casi tan insulsa como la anterior. Al guion (del mismo Arnaud Lemort) le falta gracia y no consigue levantar el vuelo a pesar de contar con Christian Clavier, un buen actor, con una vis cómica notable, y, a mayor abundamiento, secundado por el humorista Baptiste Lecaplain.
Es una de esas comedias que no conceden ningún respiro a los diálogos, y todo resulta atropellado, sin dejar espacio para la sorpresa. Los gags son poco graciosos y tampoco los actores secundarios aportan gran cosa; así, ni la abuela alcohólica ni el ex mitómano de Alicia resultan convincentes.
Sin embargo, entre los chistes tontos, asoman algunas réplicas ingeniosas y mordaces que salvan de algún modo la película. En definitiva, Algo le pasa a mi yerno, aunque es muy justita y no llega a ser muy divertida, es una comedia simpática, que, si no provoca carcajadas, por lo menos permite pasar un buen rato.
Mariángeles Almacellas