Crítica
Público recomendado: +12
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Llega a nuestras pantallas Cónclave, la nueva película de Edward Berger (Sin novedad en el frente), basada en una novela homónima de Robert Harris. No es extraño que venga envuelta en polémica, ya que la película pretende levantar ampollas. También se ha convertido en firme candidata para la temporada de premios.
Después de la muerte del Papa, el Cardenal Lawrence debe organizar el cónclave para elegir nuevo pontífice. Un sector más aperturista se agrupa alrededor del Cardenal Bellini, mientras que los más conservadores apoyan al Cardenal Tedesco. Pero Lawrence empezará a descubrir posibles intrigas y escándalos que afectan a distintos candidatos.
Uno de los momentos más icónicos de Cónclave se da cuando, en plena votación en la Capilla Sixtina, una bomba estalla en el exterior, rompiendo las ventanas, tras lo cual Berger enfoca la entrada de unos rayos de luz. Esta imagen es un símbolo que resume su mensaje: la iglesia está aislada, enclaustrada, y necesita una conmoción para que el mundo exterior se haga presente en ella. Por supuesto, para los autores de la película eso se traduce en ceder ante las corrientes ideológicas de turno.
Es una lástima que al final la película sea tan ideológica y reduccionista, porque lo cierto es que, desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, es estupenda. Ya desde esos planos con la muerte del Papa, que parecen sugerir la escena de un crimen, se instaura una gran tensión narrativa, un desarrollo interesante y muy bien medido, todas las hechuras de un gran thriller. A ello se une una gran capacidad de Berger para componer imágenes con gran valor pictórico y a la vez narrativo. Las interpretaciones son también de primer nivel, destacando el protagonista, Ralph Fiennes.
Sin embargo, Berger realiza un diagnóstico de la institución falso y claramente tendencioso, en el que nadie se salva: unos tienen crisis de fe, otros no creen en la Iglesia, otros caen en escándalos sexuales, y la mayoría ambicionan el poder. Únicamente el misterioso Cardenal Benitez, que llega al cónclave por sorpresa, parece ser un personaje íntegro. La razón de que el autor lo “salve” queda clara con el final de la película, un arriesgado giro con gran carga ideológica, que además pone en riesgo la credibilidad de la historia.
Hay que decir, de todos modos, que la película no reduce los personajes a caricaturas. Se agradecen los matices, y que no se carguen demasiado las tintas, aunque la intención iconoclasta sea tan clara.
En definitiva, una película que ofrece un gran nivel narrativo y formal, pero que se acerca a la Iglesia con prejuicios trasnochados y recetas a la medida de los que quieren que la institución se deje arrastrar por las corrientes ideológicas predominantes.
Federico Alba