La guitarra flamenca de Yerai Cortés

Crítica

Público recomendado: +16

(Crítica de un musical, escrita a cuatro manos)

Tenía muchas ganas de ver la película de Antón Álvarez —afirma la abajo firmante—. He disfrutado mucho en sus conciertos y he visto cómo cuida en ellos cada pequeño detalle: del escenario, del sonido, de la interacción con el público. Y con esa ilusión entré en el cine. Fila siete, butaca dos.

Suscribe el maestro José Luis Sánchez Noriega que un cinefórum es siempre un modo de análisis conjunto. El cinefórum implica un plural, la existencia de un número de espectadores mayor que uno, los cuales luego comentarán la película viendo a través de los ojos del otro lo que los propios fueron incapaces de encontrar. Porque en todo cinefórum se da un fenómeno curioso: no se ve un solo film, sino tantos filmes como participantes. Los cinefórums son más comunes de lo que se piensa: todos los hacemos, de modo intuitivo, cuando vamos con otros al cine. Algunos son efímeros, otros abarcan tardes enteras, o vuelven de modo insistente en los días sucesivos al visionado, como una especie de huésped. Pocas veces, sin embargo, alguno de ellos ha constituido la materia de una crítica, a pesar de que una crítica, si es buena, no es otra cosa que un análisis escrito. Los párrafos que siguen son un intento experimental de resumir la exploración a cuatro manos de la película que nos ocupa; con el precedente comenzó la escritura de este texto la firma invitada en un concurrido café de la ciudad necesaria de C. Tangana / Antón Álvarez / Puchito. Es decir, de Madrid. Dicho sea de paso: para el que suscribe (fila siete, butaca tres), Tangana era un auténtico desconocido, un ser extraño; el tipo irreverente que había hecho un videoclip calenturiento en la catedral de Toledo. Pero, como suele suceder en la vida, basta con escuchar atentamente a quien está apasionado por algún asunto para dejarnos fascinar por ello. Y es así como surgió el visionado conjunto de un film que, a pesar de su rareza y de sus rémoras, no puede por menos que resultar fascinante.

La película comienza (tras un breve prólogo que presenta al protagonista tocando en un estudio) con Tangana mirando a cámara mientras desayuna en un bar aparentemente corriente; corriente como todo lo que parece envolver a este personaje, quien, sin embargo, consigue sacar de lo anecdótico cosas extraordinarias. Según la cámara se acerca al autor en un lento zoom, este se aproxima en su discurso a la historia de Yerai Cortés; a cómo lo conoció sin buscarlo, solo por abrirse a la vida, a las sorpresas que nos depara lo más cotidiano. Y a su pena. Una pena que se cuenta al espectador con cuentagotas, de modo inconexo y deslavazado y que, quizás precisamente por ello, consigue capturar su atención durante todo el metraje a partir de un hecho doloroso, pero habitual, como es la muerte de un ser querido. Esas gotas de la historia que se van aportando contienen momentos cotidianos que nos adentran en el mundo gitano, en el conflicto de las relaciones humanas; en el crimen, incluso, y en la espiral de la droga… y en cómo salir de ellos a través del arte y la belleza.

Se trata de un film no solo repleto de excelente música, sino cuya esencia misma es musical; podría hablarse, en justicia, de un musical documental, extraño y anárquico como el propio arte flamenco que retrata. Y físico, muy físico. Físico en la naturalidad inevitable de los personajes, en la edición de sonido completamente inmersiva; físico en las diversas texturas de imagen provistas por los iPhone 15 Pro con los que se rodó el film (un total de veinticinco); físico en el contraste entre el estatismo de la cámara en las conversaciones y su perpetuo movimiento en las secuencias musicales que ponen en escena las canciones del disco homónimo de Yerai, quien siempre las escribe teniendo en la cabeza a una persona amada. Sobre todo a Tania (nos ahorramos el destripe, vean la cinta) y a sus labios rotos. Pese a las carencias narrativas y de guion de que adolece su obra, Tangana domina la imagen como la música, es decir, a través de la ambición desmedida por aquello que cuenta; por medio de una fuerza indomable que se apodera de cada plano y de cada compás; por los símbolos (tatuajes, anillos, cábalas, fotografías) y los encuadres más allá de las normas, que expulsan a sus habitantes hacia afuera de sus límites. Y, por supuesto, por el talento que comparten Yerai y su guitarra.

La guitarra flamenca de Yerai Cortés es, en fin, una película que da voz a la vida de la mencionada Tania y a su muerte, a las palabras que no pudo decir y al tiempo que se le quedó por pasar junto a Yerai. Y, si bien es verdad que el argumento se estructura en torno a esa muerte particular, el film, en el fondo, va de la vida; es decir, del arte, que se nutre del dolor y la alegría, de lo bello y de lo feo, de los cuerpos y de las almas. Perdidas o no.

Rubén de la Prida y Alicia Lombarte

https://youtu.be/I7FOuANrrhI?si=Y_pawh-GlSEkvzCp

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