Crossing

Crítica

Público recomendado: +18

Después de su película Solo nos queda bailar (2019), el director sueco de ascendencia georgiana, Levan Akin, continúa abordando en Crossing (2024) la difícil situación de la población LGTBI en Georgia y en Turquía.

En la cinta de 2019, Akin trataba de la pasión de dos jóvenes bailarines, Merab e Irakli, de la academia de danza nacional de Georgia. El mando absoluto e inflexible del entrenador y el carácter de la danza, enérgicamente varonil, constituían una metáfora de la actitud intransigente y agresiva de ese país respecto de la homosexualidad. En Crossing, el cineasta se traslada a Estambul para poner el foco en la marginación que sufren las personas trans.

En palabras de su director, el guion está basado en una historia real que llegó a sus oídos, sobre una abuela que viajó desde Georgia hasta Turquía en busca de su nieta trans. En la película, seguimos a Lia, una profesora de historia jubilada que quiere cumplir la última voluntad de su hermana, recientemente fallecida: encontrar a Tekla, su hija trans a la que el padre echó de casa porque representaba una deshonra para la familia, de la que no han vuelto a tener noticia.

Lia emprende el viaje de Georgia a Turquía para encontrar a su sobrina, acompañada de Achi, un joven astante lamentable a quien acaba de conocer y del que no se fía cuando le asegura que conoce la dirección de Tekla en Estambul, pero tiene nociones de turco y de inglés, de modo que lo necesita para servirle de intérprete. A Achi le conviene unirse a Lia, pues representa la posibilidad de marcharse de Georgia, donde no tiene ningún futuro. Así se constituye tan extraña pareja: son dos personas radicalmente distintas, de diferentes generaciones y sin nada en común, solo unidas por el interés, en la mujer, de encontrar a su sobrina y llevarla a casa, en Achi, de encontrar una salida para su vida. Para ambos, el viaje, lleno de incidentes, fracasos y sinsabores, supondrá, al mismo tiempo, un itinerario interior que los lleva a un descubrimiento mutuo, y a cambiar los recelos por apertura al afecto y la amistad.

El núcleo de la trama es el personaje de Lia (una Mzia Arabuli inconmensurable), que Levan Akin dibuja con trazos firmes, que necesitan de pocas palabras para que el espectador pueda asomarse a su alma y descubrir el dolor y el remordimiento por la intransigencia familiar que dejó en la calle a Tekla, abocándola con ello a la prostitución. Lia quiere cumplir la promesa que le hizo a su hermana antes de morir, de encontrar a su hija y llevarla de regreso al hogar.

En torno a Lia va formándose un pequeño mosaico de personajes, en principio sin vínculos entre ellos, pero que acaban creando una red de relaciones con Lía como nudo central. Primero Achi (un Lucas Kankava muy convincente en el papel del joven desarraigado y bastante inconsciente), con el que se hacen frecuentes las desavenencias y las peleas. Sin embargo, esa difícil convivencia acaba generando un afecto muy profundo y sincero entre ellos, con rasgos conmovedores de compasión de uno hacia otro.

Otro personaje es Evrim (Deniz Dumanli), una abogada trans, que trabaja en una ONG como defensora de los derechos de la comunidad transgénero. Los tres, Lia, Achi y Evrim forman la tríada que hace avanzar la acción de la búsqueda de Tekla,

A ese trío hay que añadir a Izzet (Bünyamin Değer) y Gülpembe (Sema Sultan Elekci), dos pequeños niños huérfanos que se hacen pasar por hermanos. Malviven por las calles de Estambul, a base de limosnas y algún que otro engaño a los turistas, y acaban entrando en la historia de Lia y Archi y, más tarde, también entran en relación con Evrim.

Otros personajes son un joven estudiante taxista atraído por Evrim (Ziya Sudançıkmaz), y Ramaz (Levan Gabrichidze), un inmigrante que oye a Lia hablando georgiano con Achi, se conmueve y los invita a cenar.

Todos ellos conforman ese caleidoscopio de personajes que se encuentran, directa o indirectamente alrededor de Lia, quien, ella misma constituye así un auténtico cruce de caminos, el crossing que da título a la película.

El regusto que deja la película no es tanto del respeto que se pide en concreto para las personas trans, cuanto la lección de vida que se desprende de la historia de Lia: a pesar de los errores cometidos, de los desaciertos en las opciones y en el rumbo de la existencia, toda persona es, en sí misma, sujeto de dignidad y, por tanto merece un trato acorde con esa calidad. Y, sobre todo, lo que transmite la película de Levan Akin es que lo único que redime y que puede salvar la dignidad humana herida es el amor sincero y generoso.

Mariángeles Almacellas

https://www.youtube.com/watch?v=9KGAzQ5i8PM

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