Los destellos

Crítica

Público recomendado: +16

Obedeciendo a un fino olfato narrativo, Pilar Palomero se toma su tiempo —muchos minutos— antes de mostrarnos a Ramón, el protagonista de Los destellos, a quien da vida un inconmensurable Antonio de la Torre; al principio, su presencia se manifiesta solo a través de una voz moribunda tras la puerta; más tarde, podremos barruntar su escorzo y sus cabellos desordenados a contraluz, en la penumbra; solo bien avanzado el metraje se nos otorga ver su rostro arrugado, dolorido y sonriente. Parece como si la directora se resistiese a enseñar eso mismo que nuestra sociedad quiere esconder a toda costa: a tantos de sus miembros que, en virtud de la enfermedad o de la proximidad a la muerte, resultan molestos, incómodos, improductivos. No sabe qué hacer con ellos nuestra cultura del rendimiento, que los ha convertido, en palabras de Isabel (excelsa Patricia López Arnaiz) en «un marrón». La calificación de la circunstancia de Ramón, de su misma persona, en estos términos, le vale a Isabel la reprobación de Madalen (Marina Guerola, todo un descubrimiento), la hija universitaria de ambos que emprende cada fin de semana un largo viaje en autobús para cuidar de su padre. Más allá de ella, poco sabemos de la relación entre los protagonistas: ni cómo fue, ni por qué acabó; solo que Isabel rehízo después su vida con el discreto Nacho (Julián López), y que Ramón lo intentó con una mejicana quien, como todos salvo su hija, acabó por abandonarlo ante la aspereza de un horizonte solo vivible desde el amor. El amor de verdad, se entiende; ese que abraza sin esquivar las noches en vela, los cuerpos ajados, las mentes al límite.

Pero no solo la historia de la relación entre Ramón e Isabel, sino la misma naturaleza de la enfermedad de él o el tiempo que llevaban ambos sin verse cuando arranca el argumento permanecen como incógnitas. No es necesario resolverlas, sin embargo, y, además, no le interesa a Palomero, quien construye el relato mucho más a través de lo que se obvia que por medio de lo que se explicita; es más relevante para ella lo que sucede en el fuera de campo; relega para los encuadres los rostros y los silencios: la emoción que se desprende de las miradas de Isabel, que mientras sonríe detiene con sus párpados, a modo de diques, las lágrimas que pugnan por desbordarse. A menudo, de hecho, en el transcurso del film, lo más fundamental aparece como lo más fugaz: el cuerpo marchito de Ramón reflejado en un espejo, su muerte elidida en el metraje, o la piedrecita con forma de foca que se salva, única, del piso vaciado tras la defunción, porque resume su historia de afecto con Isabel, que ni el dolor, ni la separación, ni la enfermedad, ni la misma muerte, han sido capaces de destruir.

Sí se explaya la cineasta, sin embargo, en el fragmento cuasi documental en el que tres profesionales de los cuidados paliativos mantienen una larga e interesantísima conversación con Ramón, Isabel y Madalen sobre la enfermedad y el final de la vida, de una vida que, parafraseando a uno de ellos, es más interesante si incluye a la muerte en la ecuación. Será él mismo quien, ignorante del vínculo entre el paciente y su exmujer, en un plano calculadísimo en su color, composición y humanidad, le pregunte a ella con afecto que cómo está, y le recuerde que tiene que cuidarse, que sin ella todo se vendrá abajo. Unas palabras que, de modo sutilísimo, vemos reverberar en el rostro de Patricia López Arnaiz y cuyo eco escuchamos en el corazón de su personaje, sobre el cual, en ese mismo instante, se opera un cambio radical de actitud respecto del hombre al que amó y su enfermedad… Y, por ende, de Isabel respecto de sí misma. No deja lugar a dudas de ello el último plano, luminoso, cómico casi y tierno a la vez, en el que la vemos rejuvenecida, sonriente, afianzada en su amor por Nacho, a quien a lo largo del metraje habíamos visto no saber muy bien cómo comportarse. Porque también de eso habla Los destellos: de cómo amar cuando se acaba el amor, de la naturaleza de los vínculos en la era de las relaciones líquidas. Y acierta en su respuesta, serena y profunda como todo en un film digno de la delicadeza –y heredero del estilo trascendental— de Yasujiro Ozu, quien, no en vano, es aludido en los planos de la casa de Ramón que reencuadran los espacios a través de los marcos de las puertas.

Con Los destellos, la directora maña alcanza una madurez autoral y una excelencia fílmica que acierta al poner al servicio de una mirada esperanzada y esperanzadora sobre el ser humano y sobre su propio final; mirada que le separa de Ozu, por ejemplo, o de Almodóvar. El manchego, de hecho, fue galardonado con el Premio Donostia en el mismo Festival de San Sebastián en el que la cinta que nos ocupa compitió por la Concha de Oro, y presentó allí La habitación de al lado; un film de temática análoga pero que palidece por contraste ante la alternativa más humana y menos panfletaria subyacente a la tercera y muy memorable película de Pilar Palomero.

Rubén de la Prida

https://youtu.be/j_kLWwAEInI?si=PR0SMY60SpW9_2TI

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