Crítica
Público recomendado: +16
![]()
Diamante en bruto es la primera película de Agathe Riedinger, que la dirige con corrección, pero sin genio. Es cierto que esta última cualidad es difícil, no sólo porque por definición es escasa, sino específicamente porque se convierte casi en imposible cuando la obra que se propone, temática y estilísticamente, transita lugares comunes demasiado trillados. Si no eres Andrea Arnold o Sean Baker, hacer un largometraje como éste supone el peligro de que tu ópera prima caiga en lo anodino antes de que abandone la cartelera.
La película cuenta la historia de Liane (buena actuación de Malou Khebizi), que malvive con su madre y su hermana, sin rastro del padre, en un pueblo del sur de Francia. Ha vuelto a casa después de haber sido dada en acogida, y, mientras roba, trapichea y sube videos a las rr.ss., sueña con forjarse un futuro “exitoso” gracias a la resonancia que puede tener su paso por un “reality show” del que le han llamado para pasar el casting.
Los temas fundamentales son las relaciones maternofiliales, las consecuencias sociales y personales de la desestructuración de la familia, los efectos emocionales y morales que implica la ausencia del padre y, a mi juicio, el más importante: la construcción de la identidad y del deseo en una sociedad cuyos miembros se entienden a sí mismos a partir de las interacciones que mantienen en el ciberespacio.
El problema de nuestra protagonista tiene que ver con algo que Simone Weil analizó de un modo brillante: la relación entre nuestros verdaderos deseos y el modo en el que los nombramos y entendemos.
Liane identifica mal lo que desea. No desea, como es obvio, la fama endeble, efímera, ambigua, peligrosa y falsa que le ofrecen las redes o los medios de comunicación masivos, sino que desea -como todos- amar y ser amada, perdonar y ser perdonada.
Su error, en su caso, está en la identificación y no tanto en el lenguaje. De hecho, tiene aciertos importantes, como la tesis dostoievskiana de que la belleza salvará el mundo (interpretada mal, claro) y, sobre todo, el recurso a Dios. Liane reza y enseña a rezar, pero le pide a Dios algo que Él sabe mejor que ella que en realidad no desea. La respuesta, tal y como la plantea la película, es la mejor que puede obtener: Liane va a cumplir su deseo y esto le va a permitir descubrir la vanidad y la falsedad de lo que creía querer.
Alejandro Matesanz