Crítica
Público recomendado: +16
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Les habrá sucedido a ustedes también, no me cabe duda. Ocurre de cuándo en cuándo. Sale uno de la sala y no sabe qué hacer con una película, cómo aplicarle eso que Kant definiera como «juicio de gusto». Se sospecha que la cinta ganará en un segundo visionado, pero no tiene uno claro que quiera volver a verla. Los críticos de cine, por suerte o por desgracia, debemos escribir sobre las películas que vemos, lo que implica —Sánchez Noriega dixit— verlas de nuevo. Acaso este ejercicio de reflexión, entonces, nos saque de dudas.
Se abre el telón y aparece Digger Rockwell (Tom Cruise en su versión más histriónica) en la cama con una gata bicentenaria. Suena a chiste clásico, y en verdad lo es. Desde este preciso instante al momento en el que ese mismo telón se cierre, lo nuevo del siempre excesivo Iñárritu se enmarca dentro de aquella sucursal de la comedia que es la sátira. Hacia ella convergen todas las interpretaciones (especialmente la de un irreconocible John Goodman aprendiz de Donald Trump), las empinadas angulaciones de una cámara residente habitual del contrapicado, o el juego brechtiano de extrañamiento y puesta en abismo por el que el discurso entra y sale a voluntad de la obra de teatro que constituye el núcleo del relato. Teatro, sí, y por cierto no pequeño: el gran teatro del mundo, nada menos, para burla y mofa de nuestros dirigentes flácidos; para ¿denuncia? ¿moralizante? de nuestra connivencia con ellos.
Que precisamente su estructura esencialmente metadiscursiva —ese salto continuo entre lo teatral y lo fílmico, que sorprende en su primera irrupción y luego estraga— sea a la vez lo más atractivo y lo más cansino del film, dice ya mucho de su misma esencia. Digger es, en efecto, un trampantojo continuo, decorado en cartón piedra que reproduce la realidad que todos vemos de manera más o menos deformada y hueca. Y es esa misma naturaleza postiza y ambigua, a la postre agotadora, la que se revela como única clave posible de lectura. También en lo relativo al fondo, pues es imposible saber si Iñárritu entrega aquí un panfleto político o un certificado de descreimiento en el orden democrático. Lo cual, a fin de cuentas, acaba por salvar a la cinta: su indefinición constante y consecuente en todos los órdenes le hace a uno pensar que se encuentra ante un artilugio que no se toma muy en serio a sí mismo, ante un divertimento tramposo, ante una suerte de cuasi-monólogo de Tom Cruise haciendo, en definitiva, de Tom Cruise con sombrero de cowboy. Que eso es, por cierto, y nada menos, la secuencia central y pivotante de todo el argumento.
Repasemos entonces lo dicho, a ver si encontramos algún hilo conductor más o menos razonable. Digger tiene algo de guiñol, algo de burla, algo de deformado y de postizo, algo de objeto para pasárselo bien un rato y dejarlo luego tirado en una esquina. Ahora sí, ahora está claro. Digger es un juguetito de plástico. De plástico con sabor a yanki; algo así como una actualización cambioclimática de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Stanley Kubrick, 1964), pero más larga y menos buena. Y, por cierto, con Sandra Hüller echada a perder. Avisados quedan.
Rubén de la Prida