Lucky Strike

Crítica

Edad recomendada: +16 años

El cine bélico sobre la Segunda Guerra Mundial constituye, a estas alturas, uno de los géneros más transitados de la historia del cine. Desde las grandes producciones de los años cincuenta y sesenta hasta las visiones más crudas y desmitificadoras que inauguraron Spielberg con Salvar al soldado Ryan y Terrence Malick con La delgada línea roja, el conflicto ha sido contado tantas veces y desde tantas perspectivas que cualquier nueva incursión en este territorio necesita aportar algo —una mirada propia, un ángulo inédito, un nivel de ejecución excepcional— para justificar su existencia. Lucky Strike, la nueva película de Rod Lurie protagonizada por Scott Eastwood, no aporta ninguna de esas cosas, aunque posee las virtudes suficientes para resultar un entretenimiento decoroso para los amantes del género.

Lurie, israelí de nacimiento y crítico cinematográfico antes que cineasta, ha desarrollado una carrera irregular pero no exenta de momentos notables. Su filmografía incluye La última fortaleza, un correcto drama carcelario con Robert Redford, y el remake de Perros de paja, que pese a contar con James Marsden no consiguió hacer olvidar el clásico de Peckinpah. Su mejor trabajo hasta la fecha es, sin duda, The Outpost (2020), una película sobre la batalla de Kamdesh en Afganistán que destacaba por su rigor en la reconstrucción del combate y por la intensidad de sus secuencias de acción. En aquella ocasión ya contaba con Scott Eastwood en el reparto, y de aquella colaboración nace esta nueva empresa bélica.

Inspirada, según se nos informa, en hechos reales, la película sitúa la acción en diciembre de 1944, durante la batalla de las Ardenas. El capitán John Castle, oficial de ingenieros del ejército estadounidense, queda gravemente herido y aislado tras las líneas enemigas después de una emboscada. Con una radio de campaña SCR-300 averiada —a la que bautiza como «Lassie»— como única compañía, Castle deberá recorrer cerca de treinta kilómetros a través de bosques nevados y territorio hostil para reencontrarse con los suyos. El planteamiento, como se ve, no puede ser más clásico: un hombre solo contra el entorno, la supervivencia como único horizonte.

La película tiene aciertos innegables. La puesta en escena aprovecha con eficacia las localizaciones —rodada en territorios que recrean con verosimilitud la Bélgica devastada por la guerra— y la fotografía de Lorenzo Senatore consigue transmitir el frío, el barro y la desolación de los parajes nevados con un naturalismo que envuelve al espectador. El diseño sonoro merece mención aparte: la radio se convierte en un personaje más del relato, y sus crepitaciones y silencios generan una tensión añadida que la película administra bien. Hay, además, secuencias de acción resueltas con notable pulso —la del lanzallamas, en particular, posee una fuerza visceral que recuerda a lo mejor de Malditos bastardos—, y Lurie demuestra que sigue siendo un director con oficio cuando se trata de orquestar el caos de la batalla.

Scott Eastwood, que también ejerce como productor, carga con el peso de prácticamente todas las escenas de la película. Su parecido físico con su padre resulta, como siempre, tan evidente como problemático: es imposible no pensar en Clint Eastwood y en sus dos grandes incursiones en la Segunda Guerra Mundial, El desafío de las águilas y Los violentos de Kelly, cuando se contempla a su hijo recorriendo trincheras con la mirada entornada y el cigarrillo en los labios. Scott ofrece una interpretación contenida y físicamente convincente —el deterioro progresivo de Castle se transmite con eficacia a través de su lenguaje corporal—, pero le falta el carisma magnético que convirtió a su padre en una estrella. Es correcto, sólido incluso, pero no memorable. Y en una película que depende casi enteramente de su protagonista, esa diferencia se nota.

Los problemas de Lucky Strike son, desafortunadamente, de base. El primero y más grave es una decisión de guion incomprensible: un prólogo situado temporalmente después de los hechos que narra la película y que revela de antemano la suerte del protagonista, despojando al relato de toda incertidumbre sobre su desenlace. El segundo es la previsibilidad del mecanismo narrativo: la sucesión constante de «problema resuelto, nueva catástrofe» se vuelve transparente a medida que avanza el metraje y termina por erosionar la tensión que la puesta en escena había logrado construir. Los personajes secundarios —entre ellos un Colin Hanks cuya presencia es meramente testimonial— carecen de desarrollo alguno, y el guion, coescrito por Lurie y Jon Frydman, recurre a todos los tópicos imaginables del género sin el menor asomo de autoconsciencia: el patriotismo de manual, el tono de homenaje reverencial, la lentitud en los tramos intermedios.

Lucky Strike es, en definitiva, una película que no revoluciona nada ni pretende hacerlo. Funciona como un ejercicio artesanal de supervivencia bélica para espectadores del género que no le exijan sorpresas, y se beneficia de una puesta en escena cuidada y de un protagonista que, con sus limitaciones, sostiene el relato con dignidad. El propio título resulta acertado no solo por su referencia a la icónica marca de tabaco americana que acompaña al protagonista, sino también porque resume lo que la película es: un golpe de suerte, un entretenimiento pasajero que, como el humo de un cigarrillo, se disipa sin dejar demasiado rastro. En un género que ha dado obras maestras capaces de redefinir la forma en que pensamos sobre la guerra, «entretenida pero olvidable» es un epitafio que una película ambientada en la batalla de las Ardenas no debería resignarse a recibir.

Jaime Paricio Sánchez

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