El hombre que desafió al rey

Crítica

Público recomendado: +12

El experimentado director británico Paul Greengrass, realizador de algunas películas de la famosa “saga Bourne”, presenta una película histórica correcta sobre la rebelión campesina que tuvo lugar en Inglaterra en 1381.

Digo que es correcta porque, a nivel estrictamente cinematográfico, no es una película destacable ni positiva ni negativamente. El interés de la cinta está en la historia que cuenta y en la relevancia que pueda tener para nosotros hoy.
Y en esos dos aspectos -el acontecimiento y su actualidad hoy- el interés es enorme.
Expliquemos el acontecimiento, que tiene una dimensión teológica ineludible.

Es bien sabido que el siglo XIV d.C. es un siglo de profunda crisis en muchos aspectos: político (véase el ultraje de Anagni o el conflicto entre Juan XXII y Luis de Baviera), eclesiástico (véase el cisma de occidente), intelectual (el surgimiento de nuevas doctrinas, muchas de ellas heréticas, era constante, véase sobre todo Marsilio de Padua, Ockham, Wyclif), social (el ascenso paulatino de una nueva “clase social” como la burguesía, la reivindicación creciente de los campesinos para recibir un trato más justo…).
La revuelta campesina inglesa de 1381 fue encabezada por John Ball, un sacerdote que ejercía el liderazgo teológico-doctrinal y Wat Tyler, un soldado que lideraba el aspecto táctico de la rebelión. No está claro si intervino una tercera figura llamada Jack Straw porque no se sabe si era un pseudónimo de Tyler o no.

La película se centra en un protagonista sin nombre dado que se hace llamar por su oficio (“labrador”). Este campesino, que ha perdido a toda su familia, aparece como el iniciador de la rebelión al negarse a pagar un aumento impositivo que el consejo del reino ha decretado para hacer frente a la crisis económica ocasionada por el conflicto con Francia.
La violencia estalla rápida y colectivamente hasta el punto de organizar un movimiento muy numeroso que planifica una marcha hasta Londres con el objetivo de pedir al rey reformas inminentes en el contexto del Corpus Christi.
El guion adolece de falta de profundidad y excesivo esquematismo en el modo en el que presenta los conflictos ideológicos inherentes al problema y acaba centrándose en el aspecto bélico, a mi juicio el menos interesante.

Más allá de las causas económicas (el fracaso del Statute of Labourers de 1351) y sociales (la resistencia de los señores a perder sus privilegios), considero que es esencial decir algo sobre el contexto teológico que fue condición de posibilidad de la revuelta: el movimiento de los lolardos, que en Inglaterra tuvo en Wyclif a su líder intelectual y no al autor que da nombre al movimiento (Walter Lollard o Reynard). La debilidad del reinado de Eduardo III, por vejez, y de Ricardo II por su excesiva juventud favoreció la difusión de sus errores que básicamente eran los siguientes: la Iglesia de Roma no es la cabeza de las otras iglesias, los obispos no tienen autoridad superior a los presbíteros, ni los clérigos ni los frailes pueden poseer bienes temporales, que cuando viven mal pierden todas sus facultades espirituales, que los príncipes o señores están obligados a despojarlos de todas sus posesiones, combatió los votos monásticos, el culto de los santos, la autoridad de los padres de la Iglesia…
En 1382 el arzobispo de Canterbury reunió un concilio en Londres en el que condenó veinticuatro proposiciones de Wyclif: diez herejías y catorce errores.
La actualidad de la revuelta campesina, en un contexto de rebelión general como el actual, es obvia. Las diferencias, también. Quizá sea interesante presentar algunas: en la revuelta del s. XIV el poder tenía rostro, hoy no; en la revuelta del s. XIV la teología era explícitamente fundamental en la elaboración del discurso de los agentes políticos y sociales.

Hoy, desgraciadamente, la verdad oportunamente apuntada por Donoso Cortés de que toda cuestión social y política tiene detrás una cuestión teológica, no puede tener otro efecto en la mayoría de lectores que el de una supuesta boutade.

Alejandro Matesanz

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