Crítica
Público recomendado: +12
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Vincent Pérez dirige con solvencia este drama de época en el que también actúa. En lo que respecta a la dirección, no es osado afirmar que nos encontramos ante su mejor largometraje; en cuanto a su trabajo interpretativo –faceta en la que tiene una carrera mucho más dilatada e importante que como director (ha trabajado con Ettore Scola, Polanski o Raoul Ruiz entre otros)–, es notablemente bueno, como el del resto del reparto.
La película, magníficamente ambientada, con una puesta en escena muy cuidada y con un buen guion, trata sobre la cuestión del duelo en relación con el papel de la mujer en la sociedad parisina de fines del siglo XIX. La historia transcurre, concretamente, en el año 1887. Sólo han pasado unos dieciséis años desde la humillante derrota en la guerra franco-prusiana y el segundo imperio francés ya es historia. Es un tiempo en el que la monarquía acaba de volver a caer y parece que la sociedad francesa retorna a la casilla de salida que supuso la revolución de 1789 o el golpe de Estado de 1851. Es decir, Francia está a las puertas, por utilizar los famosos términos de Marx en “El 18 brumario de Luis Bonaparte”, de la “tragedia”, de la “farsa”, o –lo que sería posible y todavía peor– de una farsa trágica.
Como dice uno de los miembros del tribunal de honor que tiene que decidir si el duelo entre Clément Lacaze (Roschdy Zem) –el circunspecto y taciturno maestro de armas y profesor de esgrima que protagoniza la historia–, y Louis Berchère (Vincent Pérez) –el comandante fracasado y desencantado que ha acabado cruelmente con la vida del sobrino del maestro–, puede tener lugar: en un momento en el que ya no hay rey, no queda nada salvo el honor personal, que se debe proteger. Esta afirmación es posible, porque no sólo ha desaparecido el rey, sino que la religión –en el aspecto sociopolítico– ha quedado herida de muerte. De este modo, de los tres pilares de la sociedad que este miembro del tribunal cita (religión, monarquía y estado), sólo queda el último.
Como clave del funcionamiento político de la Tercera República, está –como es obvio– el poder de la prensa, representado por los personajes de Eugène Tavernier (Guillame Gallienne), periodista que existió históricamente), y Ferdinand Massat (Damien Bonnard), redactor jefe de “Le petit Journal”. Este último, después de humillar públicamente a Madame Astié, –personaje histórico conocido por su activismo feminista–, y de retar a Clément Lacaze por deslealtad, acabará enfrentándose a la que será la fundadora de la “Ligue de l’Affranchissement des femmes”, que será preparada por Clément Lacaze para restituir el honor de ambos.
Podrá nuestro protagonista, finalmente, enfrentarse al asesino de su sobrino en un duelo catártico. ¿Dejará la lógica de la sangre espacio a la liberación de la compasión? La película nos lleva a plantearnos, en el fondo, el problema esencial de la relación entre la moral personal y el contexto social.
¿Cuáles son las instancias a partir de las cuales elegimos cómo actuar?, ¿cuáles son las fuerzas que configuran el contenido concreto de los usos y las costumbres que dan forma en cada momento a toda sociedad?, ¿por qué y cómo deja de tener sentido una práctica social?, ¿por qué –concretamente- una tradición tan profunda y atávica como el duelo, que no había podido ser eliminada ni por la religión (la práctica tiene múltiples condenas magisteriales) ni por la ley, desaparece del todo en la segunda mitad del siglo XX, mostrando en su último acto (el 28 de marzo de 1958), con la presencia surrealista de Jean-Marie Le Pen y José Luis de Villalonga, lo patética y absurda que siempre fue?, ¿qué mecanismos de identificación y defensa del honor tenemos las personas en la sociedad posmoderna de la cancelación? Y, sobre todo, ¿será algún día posible que la humanidad aprenda definitivamente del Hijo del hombre que la “violencia mimética” (Girard) no es liberadora?
Alejandro Matesanz