Crítica
Público recomendado: +16
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¿Alguien echa de menos los años en los que, Navidad tras Navidad, se iban estrenando las obras maestras de Peter Jackson adaptando las novelas de Tolkien El Señor de los Anillos? Pues está de enhorabuena porque esta Navidad llega El señor de los anillos: La guerra de los Rohirrim. Cierto, no está dirigida por el mítico director, sino por el japonés Kenji Kamiyama, pero sí producida por él y, seguramente, habrá intervenido en el guion. La nueva entrega es muy distinta ya que apuesta por la animación y resulta en un producto entretenido con mensajes acertados.
Nos cuenta el destino de la Casa de Helm Hammerhand, el legendario Rey de Rohan. Un repentino ataque de Wulf, un astuto y despiadado señor de los Dunlending que busca venganza por la muerte de su padre, obliga a Helm y a su gente a hacer una última y audaz resistencia en el antiguo fuerte de los Hornburg, una imponente fortaleza que más tarde será conocida como el Abismo de Helm. Héra, la hija de Helm, se encuentra en una situación cada vez más desesperada así que deberá hacer gala de una gran determinación para liderar la resistencia contra un enemigo letal que pretende destruirlos por completo.
Muchos se estarán preguntando si aparecen personajes de la trilogía original. La respuesta es sí, aunque quizás no de la forma en que querrían, y hasta ahí podemos decir para evitar destripes innecesarios. Lo siguiente es si hay guiños hacia las tres películas. La respuesta es que también, y muchos, en forma de frases y situaciones muy agradecidas, incluyendo melodías de la fabulosa e histórica banda sonora de Howard Shore y una maravillosa dedicatoria en los créditos que tocará de forma especial el corazón de los fans.
Seamos sinceros: el director, Kenji Kamiyama, es japonés, y la forma de hacer nipona es muy distinta de la occidental, así que cabía el riesgo de que el público de este lado del mundo no aceptara la propuesta de animación que nos da. Pero él es un tipo listo y sabe que la mejor forma de conectar con todos los fans es, precisamente, rindiendo culto a las tres magnas películas de Jackson mientras inventa una historia nueva siendo coherentes con el universo conocido. Y decimos inventa porque lo que aquí dura más de dos horas, en los libros de Tolkien son apenas tres páginas en los apéndices. Pasa algo parecido con, curiosamente, la batalla del Abismo de Helm: en los libros son muy pocas páginas y en la versión cinematográfica de Las Dos Torres (y no digamos en la edición extendida) es uno de los pasajes más largos y épicos de la trilogía y una de las secuencias más impactantes de la historia del cine. Obviamente Kamiyama rinde muchos homenajes y guiños a esa batalla en su película dado que gran parte del metraje tiene lugar en Cuernavilla, posteriormente rebautizada como Abismo de Helm.
En cuanto a los mensajes, son fieles al ideario Tolkien: esperanza, fe, valentía (la protagonista, Héra, remite directamente a Éowyn), honor, amor a la familia, redención, compasión (este muy remarcado), amistad y servilismo bien entendido (hay fuertes ecos del personaje de Sam, y lo que hace Héra, en el fondo es, desde el liderazgo, servir por amor a su pueblo). Por supuesto están también las denuncias de los peores vicios: ambición desmedida, egoísmo, avaricia, envidia, traición… todos ellos con finales fatales.
Aunque el metraje es excesivo y hay varias caídas de ritmo, junto a algunos pasajes que pecan de caóticos y otros de excesivamente fantasiosos, la animación es excelente y llena de imaginación y color, pero es que así es el estilo japonés y hay dos opciones: o te gusta o no. No suele haber término medio.
En el apartado sonoro, por fortuna para las voces en español, se ha contado con profesionales en todos los casos, incluyendo algunos cameos muy agradecidos también respetados en la versión doblada.
Seguramente El señor de los anillos: La guerra de los Rohirrim no tenga el impacto ni el éxito de la trilogía dirigida por Peter Jackson (de la caótica trilogía El Hobbit mejor ni hablamos), pero sin duda es una cinta que merece la pena ver y que nos lleva de vuelta, con agrado, a la Tierra Media.
Miguel Soria