Crítica
Público recomendado: +18
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Anselm, el último documental de Wim Wenders, representa una fascinante inmersión en el universo creativo de Anselm Kiefer, uno de los artistas más importantes y provocadores de la contemporaneidad. A lo largo de la película, Wenders sigue al artista y amigo mientras trabaja en su taller en el sur de Francia, donde crea sus impresionantes lienzos y esculturas; y mientras documenta cómo Kiefer utiliza y manipula sus materiales –desde la pintura hasta el plomo, la paja y el fuego–, el director nos lleva a recorrer sus espacios de trabajo, llenos de obras que exploran la historia alemana, los mitos germánicos y la memoria personal y colectiva. Kiefer está retratado tanto creando en su taller como en sus interacciones con su arte: observando sus cuadros monumentales, analizando su mismo proceso creativo, y reflexionando sobre la carga histórica que está detrás de cada trazo y cada elemento. El uso del 3D permite al espectador sentir la fisicidad de las obras, casi como si pudiera tocarlas, acercándose a los materiales y texturas de una manera que refleja la conexión visceral de Kiefer con los elementos y con su propio trabajo.
La crítica a la desmemoria histórica es central en la obra de Kiefer, y se refleja de forma imponente en la película. El artista se opone, de manera en parte incluso irónica, al olvido colectivo de la tragedia del Tercer Reich y la guerra; un olvido que, según él, vacía de sentido la construcción de una identidad genuinamente alemana. A través de sus lienzos llenos de plomo, cenizas y tierra quemada, el artista quiere volver a despertar el horror y la devastación, pero a la vez abriendo un espacio para la reflexión sobre lo que ha sido, y lo que nunca debe ser olvidado. Así, la cámara de Wenders no se limita a mostrar las obras, sino que las hace respirar, acercando el espectador a la corporeidad del arte y su mensaje, como si fuera posible tocar y sentir las cicatrices de la historia.
En la obra Kiefer, como mencionado, es central la relación entre mito e historia, un vínculo que el artista explora especialmente a través de símbolos y referencias a la mitología germánica, el cristianismo medieval y la cabalística. Estos mitos no son utilizados para ofrecer una visión glorificada del pasado (glorificar el pasado no es justo como no es justo condenarlo), sino para reinterpretarlos, mostrar sus sombras y, al mismo tiempo, buscar en ellos una manera de comprender la complejidad de la existencia humana y sus ciclos destructivos. “La historia no es algo que podamos entender de manera directa. Necesitamos el mito, la religión y los símbolos para darle sentido”, dice Kiefer; y es esta búsqueda de significado lo que se manifiesta de manera patente en la película.
A lo largo de Anselm, Wenders evita el uso de una narración explicativa o descriptiva, dejando que el trabajo del artista y sus obras hablen por sí mismas. Este enfoque, que se aleja de la entrevista directa y de una interpretación que arriesgaría quedarse superficial, permite al espectador hacer su propia lectura de la relación entre el arte y la historia y del mensaje que el artista quiere transmitir. Como señala Kiefer, “Lo que no se enfrenta, lo que no se resuelve, sigue pesando sobre nosotros”.
En conclusión, Anselm es más que un simple documental sobre un artista. Es una exploración de cómo la memoria histórica, la tradición y el sufrimiento colectivo se entrelazan en la obra de un hombre que ha dedicado su vida a cuestionar el olvido y la desmemoria. Wim Wenders no solo captura el proceso creativo de Kiefer, sino que nos enfrenta al doloroso pasado de Alemania y a la necesidad de recordarlo para la formación de la propia identidad. En una época donde el olvido parece ser la respuesta más cómoda, Kiefer, como su arte, representa una resistencia frente a la amnesia colectiva.
Anna Piazza