Crítica
Público recomendado: +16
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Estamos ante una película de ficción, pero, a través de ella, la cineasta ha mostrado lo que hay de real en la trayectoria de esas mujeres, como otras tantas del mundo occidental que se han dejado radicalizar. Podemos, pues, decir que la trama está basada en hechos y situaciones reales, que refleja con tal autenticidad que, por momentos, casi alcanza el valor de un documental.
Jessica y Laica (Megan Northam y Natacha Krief respectivamente) son dos jóvenes enfermeras francesas insatisfechas con las pocas expectativas de vida a las que pueden aspirar en el ambiente deshumanizador de Occidente. Su frustración familiar y social las lleva a acercarse al radicalismo islámico, que representa para ellas un mundo mejor, más puro y prometedor. Se embarcan en una aventura que las llevará desde lo más alto del paraíso —desde el avión que se desliza en un cielo azul, mientras las dos amigas, con el entusiasmo de los neófitos, ríen y se abrazan felices y esperanzadas, pensando que van a casarse con el mismo hombre, un combatiente yihadista del Daesh— hasta lo más profundo de los infiernos. Escapan de un sistema que no las respeta suficientemente, para convertirse en la primera y segunda esposa de un héroe del cambio que necesita el mundo decadente. La gran sorpresa será cuando descubran que, en realidad, han cambiado ese mundo que no las respetaba, por otro que las esclaviza sin compasión ni posibilidad de apelación.
Ingenuamente esperanzadas, Jessica y Laica llegan a la localidad de Raqa, al norte de Siria (desde enero de 2014, la ciudad está bajo el control del denominado «Estado Islámico», con una sharía muy estricta). Allí son trasladadas a una casa regentada por Madame (Lubna Azabal), quien se ocupa, ante todo, de analizar las motivaciones de las neoconversas y formarlas debidamente, sin ningún escrúpulo en los medios empleados para doblegar su carácter. Cuando considera que están suficientemente preparadas para convertirse en esposas dóciles y sumisas, les asigna un marido y organiza un encuentro entre los dos.
Esas casas, en las que estaban encerradas mujeres solteras o viudas a la espera de que se las entregara a un marido, solían estar gobernadas por mujeres. La más famosa y temible fue Fatiha Mejjati, apodada la viuda negra, y también Oum Adam (la madre de Adam, su primer hijo muerto en 2005), que ha inspirado el personaje de Madame, en su forma de actuar y en su vestimenta, con un niqab negro que solo deja sus ojos al descubierto.
Prácticamente toda la acción de la película se desarrolla en el espacio cerrado de la casa con una luz sombría que se oscurece o se aclara según la situación anímica de Laila (maravillosa la fotografía de Agnès Godard). La joven va a recorrer todas las plantas de ese lugar macabro en un itinerario simbólico, desde las mazmorras, en las que se tortura a las díscolas, hasta la quinta planta, donde Madame tiene sus aposentos.
En octubre de 2017, tras la batalla de Al Raqa la ciudad, destruida en un 80% por los bombardeos de la Coalición Internacional, la ciudad quedó bajo el control de las Fuerzas Democráticas Sirias. Cayeron los muros de la casa, pero el calvario de Lidia todavía no había terminado.
En su primer largometraje, Mareik Engelhart ha tratado un tema punzante en estos tiempos, como es el método de adoctrinamiento del «Estado Islámico» a través de la figura de Madame —en parte madre de sustitución, en parte una auténtica madame de burdel— quien regenta con mirada gélida y mano férrea a sus pupilas y las prostituye casándolas. La fuerza de la película radica en la denuncia implícita de la radicalización, centrada simbólicamente en esa casa de Raqa en la que se prepara a mujeres procedentes de diversos países para convertirse en «esposas» (de hecho, en esclavas) de los soldados.
El trabajo actoral es impecable: Lubna Azabal (a la que vimos recientemente en Amal, de Jawad Rhalib), una vez más da muestra de su dominio y su maestría, en esta ocasión en un papel de mujer fría y manipuladora. Megan Northam está magnífica como una joven desnortada en busca de su camino, y es muy bueno también el trabajo Natacha Krief —Jessica, en la película— aunque con un papel mucho menos relevante como Jessica.
La película, recién llegada a las pantallas, está cosechado múltiples premios (en particular del público y de los jurados jóvenes), como el Premio de Ornano-Valenti en el festival de Deauville, Valenciennes, que recompensa a una ópera prima en lengua francesa.
Mariángeles Almacellas