Crítica
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Publicaba el profesor Sánchez Noriega el pasado otoño un artículo en el que, con su habitual claridad de juicio, afirmaba:
Parecía que el último tabú en las representaciones audiovisuales y en las conversaciones de la gente en ámbitos formales era el sexo; efectivamente, hemos visto en películas ‘normales’ secuencias de sexo no simulado y hoy se puede hablar con asepsia médica de todo tipo de situaciones y prácticas en las relaciones sexuales. Pero queda la muerte como tabú y –como algunos sociólogos han constatado– en las sociedades urbanas contemporáneas los rituales de duelo han desaparecido de la vida familiar para situarse en los estándares de consumo comercial establecidos por las empresas funerarias.
El artículo en cuestión versaba en torno a la proliferación, en las series y en el cine español de 2024, de obras cuyo centro eran la muerte y la reflexión en torno a ella; lo encabezaba un fotograma de Ángela Molina en Polvo serán (Carlos Marquet-Marcet, 2024); el título de la pieza rezaba genial: “Cuando sabemos el final de la película”.
La misma Molina da vida a la matriarca gitana Estrella en El último suspiro, film con el que el nonagenario Constantin Costa-Gavras, leyenda viva del cine galo, muy probablemente ponga el broche a su carrera cinematográfica. Un cierre ciertamente insuperable, a la altura de sus mejores obras; una película aparentemente simple en sus formas, pero que revela, en un visionado atento, la precisión quirúrgica de su montaje (que el propio Costa-Gavras firma), de sus encuadres, de sus movimientos de cámara, y de las interpretaciones de los dos protagonistas: Kad Merad, quien encarna al doctor Masset, director de una unidad de paliativos, y Denis Podalydès, quien da vida al filósofo Fabrice Toussaint con una expresión sostenida de continuo entre el asombro, la ternura y el miedo.
La película se estrenó en nuestro país durante el pasado Festival Internacional de Cine de San Sebastián, junto a La habitación de al lado (The room Next Door, Pedro Almodóvar, 2024), y Los destellos (Pilar Palomero, 2024), con las que configura un triángulo de filmes que ponen de manifiesto una creciente preocupación del cine europeo (y también del patrio, como recuerda también el artículo de Sánchez Noriega arriba citado) por el último tabú de nuestra sociedad, y por cómo vivirlo; por el modo en el que podemos afrontar la muerte de quienes queremos… y la nuestra propia. Pensará el lector que acaso no se trate de un tema actual para él, pero ya el primer plano del film de Costa-Gavras —un pausado trávelin vertical sobre el maravilloso Tod und Leben (1915), de Gustav Klimt— y alguna de las siete historias que jalonan el metraje, se encargan de recordar que la muerte es profundamente democrática en sus gustos, que iguala al hombre y a la mujer, al niño y al anciano, al príncipe y al mendigo.
Con estos mimbres, podría pensarse que El último suspiro no es la película que uno querría ver un sábado, so pena de arriesgarse a pasar el resto del fin semana angustiado, pensando en el fin de la vida; esta es, por otra parte, la situación en la que se encuentra durante todo el metraje el filósofo Toussaint, a quien de pronto, ante la detección de una manchita negra durante una resonancia en la primera secuencia del film —admírese el fabuloso montaje de sonido de la misma, por cierto— se le escurren de entre las manos todas las seguridades, todas las respuestas de la razón pura.
Sin embargo, la exacta simplicidad de sus formas, la serenísima presencia del doctor Masset —el médico que todos querríamos tener— y el planteamiento mismo del film consiguen obrar el efecto contrario. Así, El último suspiro, pertenece a esa rara categoría de películas sobre la muerte —entre las que se cuentan también, por ejemplo, El sabor de las cerezas (Taʿm-e gilâs, Abbas Kiarostami, 1997) o la mencionada Los destellos— capaces de insuflar esperanza, de despedir al espectador con una amplia sonrisa vitalista.
Se trata de obras escasas y valiosas, que, al recordar que la muerte es parte inexorable de la vida, lo inspiran a uno a vivir, sabiendo que también es decisión propia el modo de abandonar este mundo; que se puede afrontar el trance de la despedida con los puños cerrados o el gesto torcido, pero también yéndose a la orilla del mar a disfrutar de unas buenas ostras y un buen vino, o simplemente rodeado de las sonrisas y el cariño de las personas amadas. Quizás sea este postulado la única respuesta cierta que aporta un film destinado más bien —como es propio del buen arte— a generar interrogantes; Costa-Gavras bordea con sutil delicadeza, aunque no ignora ni obvia, las cuestiones relativas al destino trascendental del ser humano, al sentido y el valor de la vida, o incluso al espinoso tema de la eutanasia, cuyo planteamiento, sin duda cuestionable, no reduce un ápice el valor de la obra y, dicho sea de paso, se encuentra en las absolutas antípodas de la defensa panfletaria que recibe en el film de Almodóvar arriba mencionado.
El último suspiro se plantea, por tanto, en clave de triple diálogo: entre el doctor Masset y el filósofo Toussaint, entre la muerte y la vida, y entre el nonagenario autor y su público, al que invita a eludir la ceguera sobre el último tabú y al que recuerda, a propósito del epílogo en torno a la manchita del escritor protagonista, que no siempre sabemos el final de la película. Y que, aunque lo sepamos, podemos, cuanto menos, coescribirlo con Dios a cuatro manos.
Rubén de la Prida