Elio

Crítica

Público recomendado: familiar

Envuelta en una gran polémica por la destitución de su director original, Adrián Molina —director y guionista de Coco—, y después de haber sido pospuesto su lanzamiento varias veces, por fin ha llegado a las salas españolas Elio, la apuesta de Pixar para este 2025. Una propuesta clásica, que se mantiene fiel a la esencia que inspiró los grandes títulos del estudio —Toy Story, Up o Buscando a Nemo, por citar algunos—, y en la que es fácil advertir cuáles han sido las referencias. Sin poder rivalizar con ellas, Elio es una película muy solvente que, como es tradición en el estudio, cuenta con un apartado técnico cuidado y una historia muy conmovedora.

A través del entrañable Elio Solís —que recientemente ha perdido a sus padres—, la película traza un tierno relato sobre la soledad, sobre el aislamiento de quienes han sufrido una cantidad indecible de dolor, y sobre cómo la imaginación y los sueños pueden convertirse en poderosos aliados cuando la realidad se torna demasiado dura. Qué puedo decir, me conmueve enormemente ese niño errático, inseguro y bondadoso que ansía encontrar a alguien que le entienda. Y que le quiera. Qué difícil puede convertirse la aventura que, todos hemos emprendido, de encajar en algún sitio. Y la decepción de no encontrarlo. Elio canaliza esa búsqueda en el contacto con extraterrestres, a los que ruega desesperadamente, de múltiples y originales maneras, que le abduzcan y le permitan empezar así una nueva vida.

Una de estas plegarias es finalmente escuchada y Elio es transportado al Communiverso, un lugar donde se reúnen los representantes de todas las criaturas del espacio con la finalidad de compartir y universalizar el conocimiento que posee cada una. Una vez allí, es confundido con el representante oficial de la Tierra y tratado con los honores que tal distintivo merece; punto de partida desde el cual se desarrollan el segundo y tercer acto de la película y en los que, a mi juicio, se hacen más visibles sus limitaciones. Es quizás en esa falta de riesgo, en esa rígida adscripción a una fórmula múltiples veces exitosa, donde la película se torna algo previsible y donde uno puede quedarse con la sensación de que no se han aprovechado al máximo las infinitas posibilidades de una premisa muy interesante.

No obstante, me ha gustado mucho, y durante el transcurso de la película sonrío en no pocas ocasiones. Asisto con emoción al desarrollo de la amistad entre Elio y Glordon, una especie de gusano que no tiene intención de cumplir las ambiciosas y malévolas expectativas de su padre. Entre ellos se produce una conexión mágica, instantánea, de esas que hacen que la vida merezca la pena. Son dos seres incomprendidos y solitarios, que comparten una falta de afecto paterno que les condena a sentirse continuamente insuficientes, como si su especial forma de ser no fuese por sí sola merecedora del afecto del resto del mundo. Esta luminosa amistad se convierte en un refugio donde ambos personajes consiguen mostrarse tal como verdaderamente son y recuperan esa felicidad que hacía tiempo daban por perdida.

En definitiva, estamos ante una película original —hecho digno de celebración en tiempos en que secuelas y remakes han secuestrado las carteleras— que ensalza el amor fraterno como forma de superar las heridas del pasado y de encontrar el sentido de la vida, que no reside en uno mismo, sino en el encuentro con el otro. Una película entrañable, divertida, con valores y que tiene retazos de aquellos icónicos títulos de Pixar que todavía hoy siguen presentes en nuestras vidas. 

Jaime Paricio Sánchez

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